Dice Federico Jiménez Losantos en una entrevista que le hacen en el periódico La Razón, que los políticos y los periodistas se retroalimentan. O sea, que se necesitan, se odian y se quieren como si de un matrimonio de conveniencia se tratase. Es una querencia pactada, sin Celestina de por medio. Sólo pocos informadores se libran de este embrujo que produce la cosa política: los que son libres porque tienen independencia económica, los que ya se codearon con las mieles del poder y ahora, hastiados, están de vuelta de casi todo, y los románticos o rebeldes o imbéciles que también laboran por estos pagos. Otros, gustan de confianzeos y de almuerzos en Los Limoneros, en El Coto de Antonio, en el Mencey, en el Archete o en cualquier restaurante, de los muchos que hay por aquí, de postín y visa oro.

Con estos antecedentes, resulta que por Navidad los retroalimentadores siguen con los manejos gastronómicos y se sientan en compaña para compartir mesa y mantel. Y, claro, entonces las instituciones públicas pagan con dinero público las comidas desvergonzadas que ofrecen a los que afanan en los medios de comunicación. ¿Y por qué no a los pescaderos, a las enfermeras, a los encofradores, a los jubilados, a las procuradoras, a los psicólogos…? ¿Qué tienen los periodistas que no tengan, por decir algo, las señoras de la limpieza que dejan como una patena las casas consistoriales, el Palacio Insular o el Parlamento canario? Y si de amores eternos se trata, que los presidentes, consejeros y alcaldes se rasquen sus bolsillos y costeen los regalos y opíparos banquetes que por estas fechas ofrecen a los periodistas. Que ustedes lo disfruten. Y feliz Navidad…

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