Gilberto Alemán, Premio Canarias de Comunicación 1995.

Leía el periódico en la cafetería El Tranvía de Tacoronte, frente al despropósito de plaza que dejó en herencia el arquitecto de turno gracias al beneplácito del ex alcalde Hermogenes Pérez. Al apercibirse de nuestra presencia decidió acompañarnos. Fueron pocos minutos. Los suficientes para descubrir de nuevo al Gilberto Alemán cercano, al cronista próximo, pegado a la tierra.

No estaba bien. Saltaba a la vista… Carretera arriba se fue, luego, caminando, pausado. Nosotros continuamos con las celeridades acostumbradas… A las semanas, sorprendente casualidad, el Premio Canarias de Comunicación fallecía al tiempo que uno finalizaba la tesis doctoral titulada “La Tarde: 55 años de periodismo tinerfeño (1927-1982)”, dirigida por Ricardo Acirón. El que fuera último redactor jefe del vespertino dejaba atrás un ejercicio del periodismo que, parece, nunca volverá. Una praxis intelectual y bohemia bien distinta a la práctica profesional de hoy en día, marcada por la revolución digital y las servidumbres de la empresa.

La jefatura de la Redacción de La Tarde también fue, durante los últimos años de vida de este diario, para Eliseo Izquierdo, con quien hace unos días compartí cortado y vivencias de aquellos tiempos de prensa en la cafetería Venecia de La Laguna. Presidente de la Real Academia Canaria de Bellas Artes desde 2001 a 2008, Eliseo se afana ahora en un libro que recoge los pseudónimos empleados por los periodistas de entonces y ahora, que alguno hay todavía por estos parajes que firma con un nombre distinto al suyo propio. Recuerdo haber usado el pseudónimo de Cristóbal Lugo cuando Leopoldo Fernández dirigía Diario de Avisos. Lo empleaba al escribir algunos artículos sobre la Universidad de La Laguna, institución a la que tengo especial afecto.

Estos días pasados he frecuentado el Edificio Central de la institución académica y la Facultad de Ciencias de la Información, y las remembranzas saltan sin dificultad. Cruzo la pasarela hacia la Pirámide de Guajara, proyecto que presentó Antonio Alarcó cuando era vicerrector, y, en silencio, acaricio la vida que sigue y fragua sin darnos cuenta.

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