Tras la destitución de Ana Pastor al frente de “Los Desayunos de TVE”, decenas de colegas, políticos, ciudadanos indignados… han mostrado su rechazo. Se han rasgado las vestiduras ante un nuevo ataque a la libertad de expresión. Y tienen razón. Como también la tuvieron quienes en 2004 criticaron el cese de Luis Mariñas al frente del mismo programa mañanero.

Pero llueve sobre mojado y seguirá lloviendo mientras el modelo de la televisión pública en España no cambie. Y lo malo es que muchos periodistas continúan entrando al juego y bailando al ritmo que marcan los partidos que gobiernan o están en la oposición.

Flaco favor le hacen a nuestra profesión, cada vez peor valorada (“A la cola”). Pasan los años y los de siempre y los nuevos (que los hay) continúan anteponiendo su ideología a la honradez profesional para divertimiento del espectáculo mediático: indios y rostros pálidos, frente a frente, caricaturizando, una y otra vez, eso que llaman servicio a la verdad.

Y en éstas, el tsunami de las redes sociales que da paso al “Periodismo ciudadano”. Normal. La calle ha tomado la palabra sin rubor para cogerle el pulso a la información ante la crisis de credibilidad que, en general, irradian los medios de comunicación.

El boom (o burbuja) de la social media está, cada vez, más fuerte, al tiempo que las empresas informativas tradicionales pierden fuelle. Los blogueros campan a sus anchas, los tuits rebosan caracteres, infinidad de vídeos y audios vuelan por la red…

Un nuevo periodismo de 360 grados ha llegado para quedarse y convivir y desbancar (si puede) a las intrigas maniqueas de políticos y periodistas. Un nuevo periodismo que, probablemente, bebe de aquel mismo realismo que forjara Tom Wolfe en los años sesenta del siglo XX.