“23-F: Operación Palace”: el falso documental dirigido por Jordi Évole fue simplemente eso: un falso documental, es decir, un producto audiovisual de ficción (ni el primero que se produce ni el último). Nada más. Que mis colegas los periodistas no se rasguen las vestiduras…

Este pasado 23 de febrero, el lúcido periodista de La Sexta provocaba a los telespectadores y más de uno arremetía contra él y contra el formato utilizado. ¿Por qué? No entiendo los desafueros. El falso documental, insisto, es un género de cine o televisión y, como tal, perfectamente legítimo. Es más, en estos momentos en donde los medios de comunicación asisten a un tiempo de cambio y reinvención, bien viene un poco de aire fresco a la cansina programación televisiva.

Enhorabuena a Jordi Évole por su apuesta y a los que apoyaron la jugada: Iñaki Gabilondo, Fernando Ónega, Luis María Ansón, José Luis Garci… Todos construyeron la trama de un falso golpe de estado que atrapó al espectador con el objetivo, una vez desvelada la mentira, de crear debate y para, como tuiteó el propio Évole: reflexionar “un poquito sobre como filtrar la cantidad de información que recibimos”.

“23-F: Operación Palace” se une a la lista de otros falsos documentales que también han pasado a la historia: “La guerra de los mundos” (1938) u “Operación Luna” (2002). ¡Bienvenido sea!

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