El bueno, el feo, el malo y la chica

Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleff son el bueno, el feo y el malo en una de las mejores películas del Spaguetti Western. Dirigida por Sergio Leone se estrenó en España en 1966. Cuenta las andanzas de tres pistoleros en la Guerra de Secesión norteamericana en busca del tesoro escondido en la tumba de un cementerio circular. La secuencia del duelo, mágica con Ennio Morricone y trepidante en la sucesión de sus primeros y primerísimos planos de miradas y cartucheras, es todo un clásico.

El Congreso de los Diputados también se ha erigido en una singular localización de este subgénero del Oeste. Animado por la banda del Coletas, la Cámara Baja es un patio tremendamente atractivo para los espectadores, la pluma de los periodistas y los ciento cuarenta caracteres de los tuiteros. Así fue la previsible y frustrada sesión de investidura de Mariano Rajoy (el feo) de este pasado jueves 27 de octubre. Aunque ya estábamos al tanto de la introducción y el desenlace, el nudo nos ató a las butacas. No defraudó. Porque Pablo Iglesias (el malo) provoca con sus disparos a diestra. Se atreve con todos, no pasa por el aro y tira contra la “brunete mediática” que “ya no asusta y da risa”, al tiempo que proclama que en los escaños hay más delincuentes potenciales que en extramuros. ¡Cómo no le vamos a querer! Con él sube la audiencia. Es el Coto Matamoros de la telebasura de Sálvame. Sus bravuconerías de Liberty Valance envalentonan hasta al más cándido Albert Rivera (el bueno), quien balbucea: “¡Capullo, vaya gilipollas!”. Normal. Exaspera. Es su papel. El líder de Unidos Podemos es un valor de producción incuestionable para el espectáculo dialéctico. Y escénico. Porque tampoco le duelen prendas para levantarse y abandonar el hemiciclo al frente de las huestes de puño en alto tras resultar ofendido (“piel fina”). El francotirador popular Rafael Hernando no se arredra y golpea con cuatro millones de dólares, mientras la presidenta Ana Pastor (¡hasta los ovarios de tanto desatino!) mira hacia otro lado. Antes, el bueno había apelado al sentido de Estado en el marco de un nuevo parlamento encomendado a cambiar las cañerías sin cortar el agua, en alusión (inexacta) a una frase que Adolfo Suárez había dirigido a sus señorías en abril de 1978. ¡Qué grande! Y en medio del lío, don Mariano, ocurrente, cumple con el guión dejándose querer por encima del bien y del mal, a sabiendas de su reelección en segundas gracias a la abstención de los socialistas.

Junto a los tres protagonistas indiscutibles de la sesión, el portavoz del PSOE Antonio Hernando formaliza su rol de secundario de lujo con la esperanza de recuperar glorias perdidas. Pero ahora “España nos necesita” y eso, oiga, bien le ha valido una patada en el culo a Pedro Sánchez. Este, por su parte, derrotado, ofendido y consciente de que ya no pinta nada, apenas aplaude la intervención de su compañero. ¿A qué espera para entregar su acta de diputado?

Y, naturalmente, en el metraje no falta la chica. Firme y decidida, apela a la responsabilidad, a la empatía y a calzarse los zapatos de las personas con una mayor situación de dificultad. Ani Oramas, chiquita, matona y luciendo una chaqueta de ante en plan far west, pone a Canarias, una vez más, en el atril de la Carrera de San Jerónimo. A ella nadie le pone la pata encima.

La jura de Rajoy como presidente del Gobierno será mañana domingo o el lunes 31. Y el martes, 1 de noviembre, algunos celebrarán, Dios mediante, el Día de Todos los Santos.

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