Capitanes intrépidos

¡Ay mi pescadito…! ‘Capitanes intrépidos’, Victor Fleming, 1937.

Mi ahijado Humbertito se fue al cielo en 2008. Y ahí está con pajaritas de papel, balanceándose en el columpio del jardín, construyendo castillos en la arena y jugando a la pelota. Y lanza el trompo y los boliches en el patio. Y la cometa remonta sin viento. Y teclea las teclas del ordenador porque lo digital también trasciende. Luego trepa por el limonero y salta al ciruelo y se esconde en el escondite para que no le encuentren. Y se disfraza de Batman y El Zorro y cabalga amarrado a las crines de Spirit. A veces se mancha de barro en el barro y sube a la tapia del vecino y en fila india improvisa el camino. Caballo Loco y Toro Sentado. Y se tira sin pensar a la piscina cerca del mar que desborda agua. Sucede cuando las olas baten por encima de las rocas. Y construye el campamento entre piedras de volcán o bajo el árbol grande. Y disfruta con el helado antes de comer. Y la cara, la carita, parece de chocolate. Y grita (los niños gritan). Y llora (los niños lloran) para que le acurruquen y las lágrimas rocíen alboradas. Y monta en bici sin manos, con una y con dos. Y en los charcos de marea baja y pandorga atrapa pescaditos. Capitán intrépido. Y bucea. Los niños bucean hasta sin aletas.

Y ríe con los payasos, como con aquel que le hizo feliz con nariz roja, cara pintada, carcajadas de ángel improvisado y marionetas de elefante. Felipone ya había actuado en Roma frente a Juan Pablo II junto a su amigo Japo. ¡Qué momento! Después volvió a ilusionar y levantar sonrisas, pero con el Papa había sido especial. Hasta que llegó su segunda representación estelar. Hasta que llegó aquella madrugada de puttis regordetes que se llevaron al niño chiquito entre misterios y letanías a pie de cama. Entonces, el payaso aprovechó para pedirle a Juan Pablo II que cuando Humbertito estuviera a su lado le diera un abrazo muy fuerte.

Repaso al poeta Agustín Millares (gracias Teresa por presentármelo) y me dice temprano, a la aurora, casi en silencio, que el tiempo se va y no espera, que vuela el ruiseñor y en mi corazón se queda. Y la madre (Isabel) llora (las madres también lloran) y descubre el milagro en un chat que no se olvida. Imposible olvidarlo: “¡¡Gracias Felipe!! Nos conocimos en el hospital. Todas las noches le rezaba a Juan Pablo II por la salud de mi hijo Humber. Al leer tu testimonio he comprendido que tu actuación ha sido el regalo que desde el cielo él quiso brindarle a nuestro hijo y a nosotros, sus padres, en esos momentos tan difíciles. Ahora le pedimos a los dos que nos ayuden para reconocer a Humbertito en las cosas cotidianas y hacernos más llevadera su ausencia. Que Dios te bendiga a ti y a todos los que dedican su tiempo a aliviar el dolor de los demás”.

Marco tuvo prisa. No lo entendemos. Quizá quería correr (los niños corren) con Humber y José Manuel. Seguro que su mochila ha ido cargada de viajes a la Luna, al centro de la Tierra y a alguna isla misteriosa. ¡Quería ser ingeniero! Y, probablemente, ya imagine con ellos dos años de vacaciones. Fascinante Julio Verne que nos invita  a la aventura del horizonte. Soñé que morías y al despertar y no verte renací en tu vida.

A mi primo Eduardo.

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