Debate de la Nacionalidad Canaria 2017. Viñeta publicada en el periódico ‘Diario de Avisos’.

Probablemente, la mayor parte de los ciudadanos de la cocapital subdelegada de Santa Cruz de Santiago de Tenerife ha estado estos días más pendiente de la próxima Feria Internacional de la Moda de Tenerife o de Tecnológica Santa Cruz o de la Startup Weekend Tenerife que del Debate de la Nacionalidad.  Posiblemente han reparado más en las propuestas de Efraín Medina, José Manuel Bermúdez y Carlos Alonso que en los flirteos de Fernando Clavijo. Seguramente han puesto más la cabeza en cómo planificar la agenda de esta próxima semana para acudir a los sugerentes desfiles del Recinto Ferial o a las intervenciones sobre innovación y emprendimiento del Teatro Guimerá y Recova Vieja, que en seguir las evoluciones de sus majaderas señorías en el Parlamento de Canarias.

Otros, factiblemente, ni habrán reparado en lo acontecido en el otrora salón noble de la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia porque, simplemente, sus intereses se acercan a derroteros más mundanos, como, por ejemplo, ponerle luces a la negociación de la estiba, entender el rechazo de Niederleytner a que la Ciudad de la Justicia se ubique en El Sobradillo o acostumbrarse al acojone de los ataques terroristas al doblar la esquina. Eso sí, existe un reducido colectivo de periodistas que, en su afán de servicio a la sociedad, no ha perdido detalle de las propuestas de resolución presentadas por los seis grupos de la Cámara autonómica. Es lo que tiene la erótica. Dios los cría y ellos (políticos y plumillas) se juntan. Se retroalimentan y necesitan para subsistir en lo público. Incluso, hay quienes llevan juntos media vida. De aquí para allá o de allí para acá. Es la confianza que da asco. Es el compadreo de las miradas cómplices o asesinas. Es el coleguismo hipocorístico. Es el pesebre que da calor porque fuera hace frío. Es la fotografía tontuela y vanidosa. Es un circo cada vez más alejado de la calle. Una arena que pagamos todos. Son titulares que se publican en los periódicos que ya pocos leen. Es una letra pequeña (fuente Time New Roman, cuerpo 8) que examinan con detalle los protagonistas de bancada porque se creen el centro (ficticio) del universo mediático. Cómplice. Es una necesidad democrática que, interesada, juega a mirarse el ombligo. Asier Antona, Casimiro Curbelo, Patricia Hernández, Iñaki Lavandera, Australia Navarro, Román Rodríguez, José Miguel Ruano, Noemí Santana… Todos y todas, hijos e hijas del mismo perro (perra) con distinto collar y análogas correas de transmisión en cabeceras que buscan influencia.

Y en estas, felizmente para el establishment, el consenso, el buen rollo y la estabilidad, asoma la cabeza Pedro Quevedo. El que faltaba. El eslabón perdido que encuentra camino rápidamente. La reforma electoral bien vale un voto para Mariano Rajoy. A pasar por caja. Entonces, el nacionalismo de Manuel Hermoso tiembla ante los movimientos que pueden tambalear el chiringuito de las siete estrellas verdes. Es lo que tienen las minorías. Es un sinvivir sobre el alambre. Es negociar con una hora de menos o una hora de más. Depende de la latitud del jarabe.

Historias de alcoba que se escriben con siglas de ideologías de nata y fresa y comentan tertulianos de cualquier clase, género y condición. Mensajes que descifran los de siempre porque el resto no se entera de la misa la mitad. Normal. No practican. Y los que sí, ya no adoran en el púlpito de los mass media. Ahora, invocan al Creador o al oro del cordero (tanto da) en las redes sociales. Alegremente.

 

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