En el valle aquel de Tenesora había agua. La que guardaba la galería de la montaña y daba sentido a las historias de aquellos hombres de medianía que retrata Alfonso García-Ramos en Guad. Y retengo al periodista y escritor en un archivo sonoro de Radio Nacional de España. Y su voz, grave y canaria, transporta a la vida. Esa real que mete miedo porque aunque la programes da la vuelta y engaña. Y como el agua rompe la piedra, dura, invicta. La misma agua que corre en la XXII edición del Festival Internacional del Cuento de Los Silos, dirigido por Ernesto Rodríguez Abad con Cayetano Cordovés, Ingrid Hernández, Maruchy Hernández y Benigno León Felipe, quien a los romances también se arrima.

Leí los cuentos de Perrault. Era un pibe. Y a fabulistas (Esopo, Samaniego, Iriarte…) con sus animales astutos que enseñan. Y, luego, a Allan Poe y las leyendas de Becquer. Y tengo pendiente a más Borges y a otros y al agua, repito, que surca Los Silos. Será la edición que viene. Esta, no. Esta no ha surgido pero sí ha mojado las ganas de acercarme a la Isla Baja. Y de ganas también se vive. Las ganas de dejarme arrastrar como una hoja en una atarjea, rápida como un microcuento que se escribe en Twitter y surca ligero: “‘No todo es blanco o negro’, afirmó provocando risas incrédulas. Reinas y damas, peones, alfiles y caballos, no daban crédito”, tuitea @JavierLosSilos.

La futura Casa del Cuento de Los Silos fue la primera escuela femenina del municipio. En ella, cuenta Ernesto Rodríguez, dio clase Elvira Machado, la culpable de que su madre le recitara poemas cuando se iba a dormir. Y el profesor de Filología de la Universidad de La Laguna mantiene coplas y dramatiza con futuros periodistas de piel fina. Adiestra a sus alumnos en narración oral pese a que muchos pasen sin mojarse los pies. No tienen tiempo para coger burgados en el bajío. Me quedo con Eme Jota y las rosas cómplices que se enviaron en el puente de diciembre en acordes bohemios de Moulin Rouge. Excepto enamorarse, nada es fácil. Siete cerrojos.

Si no nos creyéramos que el lobo habla sería imposible. Renegaríamos, por ejemplo, de los charcos que fotografió Jordi Bernadó en Tenerife. No nos sumergiríamos en la costa de la Punta, de Bajamar, de Tacoronte, de La Guancha, de Garachico… Y, claro, de Los Silos. Nos perderíamos en las sombrillas intensivas del sol y playa. Y no es lo mismo. Las historias solo se desnudan bien en la quietud del silencio o en el arrorró del arrope.

Y la academia de San Fernando coge el testigo y este próximo miércoles 13 de diciembre presentará la publicación recopilatoria de los veinte años del Premio de Relato Breve Julio Cortázar. Y lo apadrinará Juan Cruz, que necesita el agua para respirar, en el Espacio Cultural La Capilla. No es la meseta lugar eterno para pescadores. Serán dos décadas de cuento, que no es lo mismo que vivir del cuento. El que tienen algunos servidores de lo público habituados al abrevadero. Pero no afeemos la letra.

Y la España seca y sedienta olvida a Alberto Vázquez Figueroa, que, como Cruz, a veces duerme en Madrid. Y esa piel agrietada no repara en un invento del autor de Tuareg que permite obtener cantidades ingentes de agua desalinizada a precios razonables: “He descubierto que casi la mitad de todo el agua de mar que se arroje a un pozo de setecientos metros de profundidad se convertirá automáticamente en agua dulce si en el fondo de ese pozo se colocan membranas de ósmosis inversa”. Esto lo contó en el año 1996, creo recordar, en un almuerzo que mantuvimos en el Club Hípico La Atalaya. Acababa de publicar el libro El agua prometida, en el que contaba su genial ocurrencia, la cual topó con intereses empresariales y políticos. Hace tiempo que no hablo con él. Ya octogenario estará fumándose un puro en Lanzarote, en Tenesora o tanto da cerca del mar. El agua ha sido siempre…