Siento predilección por el punto. Lo revelo. Al igual que tantas personas cerca o ya distantes que han escrito y focalizado coordenadas en mi entorno. Pero no por el punto final que aleja, sino por el seguido que conecta y sujeta. “Dime tú, mar, ahora ¿a qué naranja / he de tender mi frente? / ¿Debo arrancar de cuajo tus arenas, / golpear tus rumores, / escupir tus espumas, / matar tus olas de gallina de oro / que sólo ponen huevos de esperanza? / La paz te he suplicado y me la niegas, / mi ternura te ofrezco y no la quieres. / Pero algo he de pedirte todavía: / que no hagas naufragar a mi palabra / ni apagar el amor que la mantiene. / Aún mi mano en la mar, así lo espero”, compone Pedro García Cabrera con un “todavía” en el título que siempre aguarda aunque sea tarde.

Manifiesto mi reciente desencanto ante la convivencia. Real. Ordinaria. Que así es nuestra vida. A veces de incomprensiones, chascos, amarguras y pesimismos o miradas (cómodas) hacia lados diversos o bocas que hablan y entran moscas. También, a menudo, los lapsos se nutren de atascos tempranos en la TF-5 que invitan a la avenencia con el conductor. Porque uno, en el automóvil, siempre es copiloto. En otros andares, no. Ahí, conduzco y, de vez en cuando, choco. Y de esas colisiones (¡ay!) se aprende. O se intenta. Menos mal que siempre podemos aproximamos al susurro (bocca chiusa) de los pescadores de Madama Butterfly y al mar y a la orilla. Y a ella vamos para amar, comprender y transformar el tiempo presente, apuntala el doctor Iván López Casanova para descubrirnos en su nuevo y vital libro a cinco pensadoras de este siglo XXI que sortearon zozobras: Cicely Saunders, Dorothy Day, Etty Hillesum, Teresa de Calcuta y Ana Blandiana.

Con ellas, el bálsamo que repele la desilusión hace efecto. La soledad consecuente cae y suelta amarras. Cortas miras mundanas que confinaban. ¡Puaf! Como dice la doctora Olga Alegre, “no solo se llega al conocimiento por el método científico”. Y habla del amor, de la entrega, de la comprensión, de la belleza… que amplían la razón. Y topamos con las confesiones de Pablo Neruda, quien, al igual que el poeta de Vallehermoso, se pliega ante la trascendencia de las palabras: “Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola…”.

Asienta Ana Blandiana (que luchó contra Ceaușescu, el comunismo… y ahora porfía contra los excesos del capitalismo) que “la poesía nace de la pausa existente entre las palabras”, esas mismas que describen a los “hombres grises del color del suelo”, querencias que acoge Dorothy Day con la fuerza y caridad de la Madre Teresa y el amor sin paliativos de Cicely Saunders. Sentimientos que emergen, incluso, entre la barbarie de Auschwitz que calcinó a Etty Hillesum, posiblemente la persona que acabó siendo “la más feliz de Holanda”.

Olga Alegre, catedrática de la Universidad de La Laguna adscrita al Departamento de Didáctica e Investigación Educativa, presentó la obra de López Casanova. Y su luz acompañó a las protagonistas de la esperanza con un signo estético e ilustrado que nos acercó al entendimiento.