Hacía tiempo que no me enganchaba a la lectura desde el primer párrafo de una novela. Lo intenté recientemente con El dios de nuestro siglo de Lorenzo Luengo, pero el embrujo inicial no cuajó. En el tranvía, donde también transcurre la vida de lunes a viernes, buscamos tiempo para estos embeleses o para sosiegos imaginativos o informativos gracias al inseparable smartphone y su ventana digital al mundo: Twitter, Facebook, Wasap, diarios digitales… Y eso, pese a sufrir las conversaciones telefónicas que, a veces, hay que soportar del pasajero más próximo. A voz en grito (casi) difunde sus amarguras o agitaciones propias sin rubor alguno. Servidumbres del transporte colectivo en donde la cercanía corpórea nos participa de las contingencias ajenas. Y en medio de este rebumbio Héctor Abad fascina. Las páginas de su novela El olvido que seremos se erigen, en la actualidad, en una formidable fuente de complacencia literaria, tanto que ha relegado al Samsung a un estado de latencia al que no está acostumbrado. Eso sí, la centinela perpetua ante el aviso que, tarde o temprano, llega, no la pierde. Es su naturaleza de fiel lazarillo o de mosca cojonera, según el momento y según quién esté al otro lado. Además, aunque sé que no debo por mi condición de periodista, me oxigeno del procés catalán. Hasta en la sopa y hasta los cuyons.

Fue gracias a Luz Toro, próxima redactora jefe del diario digital Periodismo ULL, como descubrí al escritor que, como ella, es natural de Medellín (Colombia). Firma un artículo sobre el tendencioso “todos y todas”, argumentado, en buena lógica, que el género es una categoría gramatical que no tiene nada que ver con el sexo. De esta forma, muestra su firme rechazo al lenguaje incluyente en pos de evitar decir, por ejemplo, colombianos y colombianas, asesinos y asesinas, borrachos y borrachas, secuestradores y secuestradoras, feos y feas, brutos y brutas, estúpidos y estúpidas… Agotador. Como otras muchas cuestiones, comenté el asunto con el colega HHH, experto lingüista, quien alumbró excelencias sobre el autor y, en especial, sobre el libro que me corteja en el asiento que conecta, diligente, La Laguna con Santa Cruz y Santa Cruz con La Laguna. A las dos ciudades quiero y las dos (hermanas) hacen que la boina pueblerina luzca más de la cuenta cuando Tenerife asoma en la distancia. Y mientras en la capital José Manuel Bermúdez consolida su liderazgo con el apoyo unánime del Comité Local de Coalición Canaria y la flojera del resto de partidos, en Aguere, su primer edil, José Alberto Díaz, navega en las aguas procelosas de un flaco gobierno municipal con pulgas que perturban y el aliento inmisericorde de Santiago Pérez siempre pegado al cogote. Siempre. Miserias y ataderos de la democracia chica y grande, de pasillos y despachos, de intrigas y mezquindades… Del pesebre mundano que alimenta. Nada que ver con el otro que glorifica. ¡Feliz Navidad!

En cierto renglón, Abad Faciolince (cautivador segundo apellido) pasa de refilón por un paternal Manual de tolerancia, soslayo suficiente para que cale muy hondo una frase que arrebata y llega a tiempo (esperanza que sostiene): “Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz. Si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad”. Y El grito del viento (Le vent, le cri) de Ennio Morricone remueve la proposición. Y pienso en los seis de casa… Tortolín que es uno…

Y pienso en los universitarios que un día de diciembre (cómplices con Humberto Hérnández Hernández) regalaron un trozo de amor a la memoria.

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