Días después de que el Sindicato de Enfermería Satse reclamase a las empresas y centros comerciales la retirada de los disfraces de enfermera al considerar que atentan contra la dignidad e imagen pública de estas profesionales de la sanidad, al perpetuar, denuncia, “una imagen sexista caracterizada por falda corta y escote pronunciado”; en tiempos de campañas contra el piropo por eso de erradicar el papel de las mujeres como objeto sexual y coincidiendo con el reemplazo de las azafatas del Campeonato del Mundo de Fórmula Uno por imberbes niños de parrilla, unos humoristas de Tenerife nada sospechosos se han maquillado, acicalado y vestido con taconazo y tiros largos sobre el escenario de la celebrada Gran Gala de elección de la Reina del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Y podían haber topado con las feministas recalcitrantes y no tanto, con la Iglesia del papa Francisco y también del obispo Bernardo y de Pepe, el cura de Añaza, con abanicos rojos, con vestidos negros, con la podemita Irene Montero por bandera y su reivindicativo portavoza que aplaude la socialista Margarita Robles pa sumar o joder (vete a saber) y recrimina el formal y juicioso ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, con las tetas al aire de Femen y con la paranoia instalada en esta sociedad paranoica políticamente correcta. Ahora se trata de que todos y todas meen dentro del tiesto. Los unos de pie y las otras en cuclillas. Aunque tampoco, no vaya a ser. ¿Recuerdas a Águeda Bañón, la activista posporno directora de Comunicación de Ada Colau, provocadora, pitillo en mano y semierguida, meando en la Gran Vía de Murcia? ¿Y por qué no? ¡Cuestión de postureo! Eso sí, ya que estamos en tierras de huerta, no imagino (ni ganas tengo) a Ninette (Victoria Vera o Elsa Pataki) miccionando de esa guisa y desafiante ante Andrés, el señor de Miguel Mihura.

Pues resulta que Víctor Hubara, Diego Lupiáñez y Carlos Pedrós se presentaron como Kimberly, Vicky y Jessi. O como Laura Afonso, Berta Collado y Eloísa González, que iban de Marco y María y Sedomir Rodríguez de la Sierra, y de Efraín Medina. Tanto da. Y los tres triunfaron junto al cuarto cómico en concordia (Amanhuy Calayanes). Y ya hay quienes los postulan para los letárgicos Premios Goya. El caso es que, una vez más, Abubukaka sembró carcajadas. Y le tenían miedo después de la agria polémica que generó su espectáculo representado en el parquin de Las Quinteras de La Laguna en las pasadas Fiestas del Cristo. Pero el director artístico, Enrique Camacho, se la jugó. Y le salió bien. Fue la gala de estos mordaces hijos de la Escuela de Actores de Canarias, de la combativa ave fénix Saida Prieto (descalificada por roncera) y de la reina, claro: la treintañera Carmen Laura Lourido.

Los integrantes de Abubukaka se ríen de sí mismos. Exhiben un humor algo irreverente y comprometido socialmente, necesario para romper corsés y ponerle sandunga a los querulantes y gazmoños protagonistas de la realidad representativa, empeñados en ponérselo fácil a estos magos del divertimento que se presentan como unos optimistas empedernidos que no son nadie y “ustedes tampoco”. El cuarteto de amigos que hace el idiota y no se rasga las vestiduras es necesario en los escenarios y en la calle. Cada vez más. Es el contrapunto que provoca e invita a la saludable autocrítica. Es la chanza de la actual Armónica Naranjo y la caricatura y normalización del “Maricón de España” que glorificó (con permiso de la empanadilla de Móstoles) a Josema Yuste y Millán Salcedo (Martes y Trece).

Ama, Carlos, Diego y Víctor no solo soplan ingenios impertinentes en Canarias, pues Sevilla (La Fundición) o Madrid (Galileo Galilei) ya celebran sus balbuceos infantes haciendo honor al nombre que les bautiza.

Abubukaka nos hace más humanos y tolerantes. O así debería ser.

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