Vicky Pérez

La casa de Vicky Pérez pasa desapercibida en la avenida de San Sebastián de la capital tinerfeña. Es una más. Otra de tantas, entre medianeras, que no destaca por su arquitectura. No es de Luis Cabrera, que estos días protagoniza exposición en el TEA, ni de Joaquín Mañoso, decano del nuevo Colegio Oficial Interinsular de Arquitectos de Canarias, que se extiende a las islas de Tenerife, La Palma, La Gomera, El Hierro, Fuerteventura y Lanzarote, después de que los arquitectos canariones, que son canariones, decidiesen segregarse del resto de las islas canarias. O sea, en la línea de Mas y su panda. Y Soria y, antes Paulino, con la complicidad de Paco Spínola, sin enterarse. O sí. Manda cuyons. Pues la vivienda de Vicky, decía, no pavonea fachada, pero por dentro es otra cosa. Tras ser reformada y abrirse por su trasera al desatendido barranco de Santos que intervinieran Juanma Palerm y Leo Tabares, esconde una de las mejores colecciones de arte contemporáneo que pueden verse por estos lares. No está, claro, a la altura del fondo que reunió el conco Gonzalo Díaz, ni de algún tercero o cuarto que cuelgue por ahí y escape a mi conocimiento, pero ya lo quisiera para él, por ejemplo, Emilio Beautell, que, últimamente, desde su Facebook de Galería Mácula, nos acerca con tino a la genialidad de los artistas más brillantes de la historia. Mejor así que cuando se mete en la arena del circo político…

Resulta que Vicky Pérez exhibe en sus paredes domésticas obras de Raúl Eberhard, Andrés Delgado, Domingo Vega, Rafael Pinillos, Luis Kerch, Fernando Larraz… También de Vicente López (Viti), con quien, en una noche de verano, bebí alguna que otra cerveza Dorada en su neoyorquino estudio de la plaza de la Iglesia en compañía, recuerdo, de sus colegas Beatriz Lecuona, Óscar Hernández y Claudio Marrero. Por cierto, la plaza de la Iglesia fue rehabilitada por Felipe Hodgson, arquitecto, pintor, escultor y grabador que ahora dibuja apuntes de mujeres desnudas y toros, después de haber reflexionado sobre Cataluña…

Algún día le compraré a Vicky un Viti. Y es que desde aquel encuentro de canícula, anhelo una tela pop del creador chicharrero. Fue como un flechazo. Algo parecido a lo que me sucedió con Lanchi Sánchez Fernaud y un gran formato suyo que hoy luce en domicilio tacorontero. Fue un amor a primera vista sin mucho fundamento. Pero el corazón no atiende a razones.

En la calle San Vicente Ferrer, que me la conozco de pe a pa, Vicky inauguró no hace un año, con Mariola Martín, galería de arte y tienda de decoración de piezas vintage, que es algo muy chic. Y ahí sigue, radiante, ese espacio multidisciplinar sin cobertura para los móviles. Mejor. Y mi amiga, que vivió en el África negra y habla inglés, es feliz con Marvick al tiempo que se lía la manta con otro proyecto del que no suelta prenda pero que será la leche. Y me lo creo. Y en el ínterin, la Pérez, que no es independentista ni catalana ni canariona, presenta “Espejos grotescos”. Una expo de Serafín Dopazo, con pulpos, hasta el 6 de noviembre.

Y la muestra que comisaría será un éxito. Tiene que serlo, porque Vicky Pérez es un hacha. Y porque va de pulpos. Y eso, oiga, aunque pintados, son palabras mayores. A la gallega son un primor.

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