Tiene fácil solución: se trata de no dar pábulo, de no caer en la trampa de encender la televisión, de evitar el influjo del sortilegio facilón que hace daño sin querer. Poco a poco. Día tras día. Tolerado, defendido y anhelado por muchos tras cuarenta años de España en democracia. De esta forma, la plaga, como la peste de Orán, no continuaría con sus devastadores efectos sobre la sociedad, cada vez más vulgar, cansada, murmuradora, envidiosa, mezquina y prepotente. En este caldo de cultivo, algunos periodistas, comunicadores y charlatanes se crecen porque viven muy bien adulados por el dinero y la fama que llueve a mansalva. Son felices en la tele fashion de sets de espejo, peluquería, maquillaje, cámaras e iluminación. Normal, entonces, que alimenten la epidemia (implacable) que azota a la dignidad y aliena a personas no leídas en letra pequeña y enganchadas al emoticono y a la vanidad caprichosa de las redes sociales. La masa engrandece a la bestia mediática que viste de Prada, que no es la misma que el cabrón cornudo y peliculero que dirigiese Álex de la Iglesia. La moral pa los curas y héroes irredentos.

En estas, Luisi Castro hace honor al ídolo y, soberbia, engalana la miseria de Mediaset. Otra individua (también hay individuos) enajenada por la realidad que supera a la ficción. Otra política (también hay políticos) que ningunea la importancia y trascendencia de servir a lo público. Inconsciente, majadera, irresponsable, vana… Otra víctima de la voraz pestilencia que no hace distinciones. Otra ingenua que mientras invita de nuevo a Carlota Corredera (adalid de la telebasura en España) a las fiestas patronales de San Pedro, se jacta del conjunto de virtudes y “caudal de valores” de Güímar. Algo no encaja Luisi. Me confundes alcaldesa. ¡Cámbiate! No arrastres a tus vecinos a la servidumbre del share. No todo vale. ¡Sálvalos! Y si estás enganchada y no puedes dejarlo, apúntate a un tratamiento de desintoxicación en la isla de Supervivientes. Seguro que Jorge Javier te hace un hueco entre los exhibicionistas del reality.

La periodista gallega ha aprovechado la estancia en Güímar para presentar su libro sobre cómo perdió sesenta kilos (en ascuas me tiene) y para presidir el descorche del Brumas de Ayosa bautizado con su  nombre: Carlota Corredera. Una lástima. En sintonía con la decisión de evitar cualquier acercamiento a la telebasura por una simple cuestión de higiene mental, he resuelto eliminar al espumoso de la bodega comarcal de mi lista de caldos tinerfeños. Espero que el consejero del Cabildo Jesús Morales no me lo tenga en cuenta.

Pero la Corredera no está sola. Dios los cría y ellos se juntan. Un tal David Valdeperas (que igualmente viste y calza en territorio de correveidiles) la ha entrevistado en el patio consistorial. El Ayuntamiento: casa de jarana y Tócame Roque con el beneplácito de la primer edil popular. Y no contenta con la fauna, Lydia Lozano, de la misma congregación de cotillas oficiales del Reino, se suma al bullicio como mantenedora (eso dicen) de la fiesta mundana. Más leña al fuego. Más cruz para el apóstol crucificado cabeza abajo y mortificación para el pregonero Fernando Clavijo.

Carmen Luisa Castro Dorta ejemplifica mediocridad y, lo que es peor, aviva el hedor de la telebasura. No obstante, Camus consuela y nos libra de lo absurdo. “En los hombres hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”, apunta el doctor Rieux a propósito de la bubónica de Orán

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