Foto: Fran Pallero

El problema no es nuevo. Empezó a gestarse con Isabel y Fernando y su puesta en común que derivó en la creación de un mismo territorio desunido. Los monarcas compartían lecho, política exterior, mando y líneas generales de gobernación, pero la hacienda, legislación, moneda, tribunales… hacían la guerra por su cuenta. El ensamblaje del reino de Castilla y León con Aragón, Cataluña y Valencia dio lugar a eso que llamamos España y que no cuajó hasta la Constitución de 1812 como respuesta del pueblo a las intenciones invasoras de Napoleón Bonaparte. La Pepa puso en su sitio al gabacho y, de paso, incorporó el principio de la soberanía nacional. Por primera vez, el Estado se presentaba en sociedad como la ley manda, aunque el rejo de la insurrección seguía en los genes de la periferia y de aquellos territorios mestizos aculturados tras la conquista. Ese carácter que Ortega y Gasset plasmó en 1922 en su España invertebrada y que ya vaticinaba la dispersión interpeninsular tras el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas. El proyecto patrio de los Reyes Católicos nació de un matrimonio de conveniencia, de un esposorio más o menos rosa que derivó a lo largo de la historia en una crisis permanente, en un sin vivir de pronunciamientos, regionalismos, nacionalismos y separatismos. Y llegó Lluís Companys, la revolución, Franco y Claudio Sánchez Albornoz y su enigma histórico. Tiempo de exilios y de un nacionalcatolicismo que frenó alborotos con manu militari. ¡Hasta los plátanos de Canarias se imponían por decreto en el palacio de El Pardo! Chitón.

Muerto el Caudillo, las lágrimas de Arias Navarro (como las de Gerard Piqué) desbordaron espitas de sueños confinados. La Transición, la Constitución de 1978, UCD y Adolfo Suárez templaron desmanes. Luego vino Tejero y el discurso de Juan Carlos I y el necesario cambio de Felipe González en 1982 (Naranjito incluido) para espabilar y acercar el aroma de la rosa a Europa. Pero la monarquía parlamentaria venía con bicho: la feroz Euskadi Ta Askatasuna (ETA) y su antiespañolismo y lucha armada por la independencia de los territorios del País Vasco. Al tiempo, Tierra Lliure también se alzaba en armas junto a otros movimientos terroristas que se replicaban como grupúsculos en zonas combativas. La sangre, lógicamente, solo produjo dolor, contrataques orquestados del GAL, acción policial y repulsa. El asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997 colmaba el vaso y el Espíritu de Ermua sentenciaba lo que quedaba.

Serenado el problema vasco, en las moquetas públicas e impúdicas de despacho florecía el rendibú al catalán para garantizar adhesiones y gobernabilidades en Madrid. Pascual Maragall, Narcís Serra, el honorable… La bola crecía y el tres por ciento también. Con Aznar, Zapatero y Rajoy (monta tanto) el castell se hizo alto, muy alto, bajo el adoctrinamiento pausado e implacable de una educación transferida. Y los niños catalanes del Felipismo y del Aznarismo crecieron y reventaron granos en la cara. Y se sentaron en torno a una mesa. Ya pensaban por sí mismos e, indignados, hicieron piña con la extrema izquierda de Podemos. ¡Independencia! ¿Alguien, a estas alturas, se extraña? ¿Todavía vamos con el lirio en la mano?

Santa Cruz de Tenerife, 5 de octubre de 2017. El arquitecto Carlos Garcinuño, exconcejal de Urbanismo, consecuente y platónico (rara avis), anuncia que se retira de la política desencantado del proceder habitual de los que se dedican a ella. Es la vida que sigue, repite diagnósticos sempiternos y hace inmortales a filósofos, como aquel que en los años veinte del siglo XX mostró su hartazgo por la minoría dirigente incapaz de tomar decisiones firmes y eficaces. Malditos mamotretos.

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