Ilustración: María Luisa Hodgson

Jadilla (nombre de origen islámico que significa “nacida prematuramente”) llegó a Tenerife a la deriva. “Hay surcos en la orilla que anuncian nuestro viaje”, aventura en verso Cecilia Domínguez, premio Canarias de Literatura en 2015. Jadilla es menuda y no se queja. No hay lamentos cuando atrás se deja la miseria, la barbarie, el hambre y la muerte. Y en la Isla ganó sustento y con la complicidad de un hombre justo (buena gente. Los hay) veló por los suyos lejanos. Con el tiempo llegó el consorte, grande como un armario, y la familia creció y se estableció en paz y progreso. Abrieron un restaurante y la rompiente continuó batiendo alientos, como los de las 629 personas que hoy domingo, 17 de junio de 2018, han arribado a Valencia a bordo del Aquarius, arca que sorteó el mar enemigo de la poeta: “Truena tu voz. En oleaje / golpeas los escollos / y en tu fragor ignoras nuestros gritos, / (…) / Y, náufragos del aire, / nuestra pasión se vuelve más sombría, / nuestra sed más amarga”.

Gran parte de los pasajeros del barco de rescate obtendrán la tarjeta roja que les acredita como refugiados. Antes, tendrán que demostrar que, según recoge la Convención de Ginebra de 1951 y las legislaciones española y europea, provienen de un país en conflicto o que han sido perseguidos por diversos motivos: raza, religión, nacionalidad, ideología política, orientación sexual… Huyen de la realidad convulsa y mísera que rompe. Y en el buque hay decenas de niños negros y guapos y tristes y alegres y desinquietos sin manos que asir (“el mar cierra sus puertas / con el azul de cada mediodía”), como los niños de la lata de tomate que presenta la escritora en su paisaje de la África quemada y profunda. Savias de Burkina Faso que corren por las páginas de Diego Pun, que “fue un juglar que vivía sobre los árboles, cazando las palabras que arrastraba el viento”. Así presentan los editores (Ernesto Rodríguez y Benigno León) al trovador que da nombre a la cuidada editorial canaria que espiga con mimo y esmero. Apacibles, cultos y acogedores, no veremos a estos profesores universitarios en atriles ministeriales que ensoberbecen ni como escribidores de tuits levantiscos que pasan factura (periodista zoquete) ni detrás de fatuas inculpaciones a jaurías de las que antes se han alimentado. Iluso, Màxim. Solo. Como el mar solo de la misma vate: “No hay voces que respondan / y, cansado, te vuelves, terriblemente solo, / sin luna en tus mareas”.

Y en tierra, acogidos en brazos políticos y mediáticos, en brazos al fin y al cabo, los seres humanos desterrados sentirán nuevas brisas en centros de acogida y en viviendas solidarias. Y serán, como Jadilla, vecinos de anhelados portales: “Cerca del mar, la casa, / rozándole la piel, con el deseo de una nave imposible, / proa al sueño de inciertas travesías. / Olas, como alas rotas, tocan en las ventanas / y la casa se enciende. / Y es tibia la nostalgia entre los tarajales”.

Pero no ha lugar a consuelos. Salvamento Marítimo recupera los cadáveres de cuatro inmigrantes cuando tratan de cruzar el Estrecho de Gibraltar. Durante la mañana rescatan a 307 inmigrantes hacinados en 38 pateras, mientras la impiedad del eje Alemania-Austria-Italia (y tantas otras) enarbola concertinas, idénticos alambres de cuchillas meridionales que pretende eliminar Grande-Marlaska. Humanidad.

Tenerife y otras costas atlánticas y mediterráneas también son destino. Dios quiera que no se active un nuevo efecto llamada. El mar, seguro, ahogará deseos. O no. “Le pedimos la luna / y nos la dio en el nácar de las conchas. / Le pedimos el aire / y nos lo trajo en peces voladores. / Le pedimos la sal / y nos cubrió la piel con sus mareas. / Pero al pedirle el tiempo / nos dejó, con tristeza, entre las rocas / contemplando el ocaso”.

La secretaria de la Academia Canaria de la Lengua, que preside Humberto Hernández, arrulla con poesía. Y busca a su Doncel de Guerea (Arturo Maccanti) cerca del mar, aunque sabe que no le traerá certezas. Sí alguna décima amorosa: “Por si no te vuelvo a ver, / por si se acaba el camino / y nos separa el destino / piensa en mí al amanecer. / Quiero al alba renacer. / Tras esta vida ilusoria / que sólo hallaré la gloria / si en el recuerdo constante / vivo, Cilce, ya habitante / del país de tu memoria”.

Gracias Cilce. Gracias Cecilia por traernos el mar, “este mar que ahora nos mira y nos escucha”. En vano.