Ilustración: María Luisa Hodgson

Hay quienes rasgan vestidura porque el ministro de Universidades, Manuel Castells, luce camiseta en su comparecencia en el Senado. No es propio del cargo, dicen. Pero no saben que el prestigioso sociólogo y economista viste en sintonía con universitarios que asisten a las clases en chola y pantalón corto. O con camisetas de asillas que dejan la profusa pelambrera de la axila al descubierto. También hay alumnas que, afines al #Braless, al #Goingbraless o al#Freethenipples (libera tu pezón) no usan sujetador. Libertad de movimientos ante el inexorable peso de la gravedad. Alegría de la huerta. Looks desenfadados al que, solidarios, se apuntan profesores adictos a las bermudas y al choleo. Libertad, feminismo, identidades, rebeldía, escraches… La sociedad en red de puretas, baby boomers, millenials y generaciones zeta, uve, equis y demás letras, de la que habla el catedrático de la Universidad de Barcelona, es variopinta y enriquecedora. La verdad no existe. El cambio constante de Heráclito marca tendencia. Estamos en el siglo XXI, en la era del escepticismo, del arcoíris, de reivindicar al hedonista Satisfyer y de eliminar el salario mínimo interprofesional como referencia para limitar los sueldos. Denostada casta. Glorificada casta.

El orden establecido se cuestiona y no preocupa en exceso que los objetivos de las leyes educativas promulgadas hasta la fecha en España no se hayan cumplido, que la calidad de la enseñanza, en general, vaya hacia atrás como los cangrejos. El último informe PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes) así lo atestigua: una vez más en el vagón de cola de los países desarrollados. Inconsciente via crucis señalado por seis democráticas leyes orgánicas: Loece (UCD), Lode (PSOE), Logse (PSOE), Lopeg (PSOE), Loe (PSOE) y Lomce (PP). Cojonudo. Vía libre para que Isabel Celaá, iluminada hija del doctor Sánchez, alumbre ahora la Lomloe, la séptima en discordia o concordia, según se mire. Y también dos huevos duros. Los ilustrados gobiernos de por aquí son como el camarote de los Hermanos Marx. El documento, la parte contratante de la tercera parte, pasará al Congreso para oír enmiendas y ni puto caso. Basta la brillantez legislativa de quienes reivindican el recuerdo crítico en verso de Antonio Machado: “Con timbre sonoro y hueco / truena el maestro, un anciano / mal vestido, enjuto y seco, / que lleva un libro en la mano. / Y todo un coro infantil / va cantando la lección: ‘mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón’”.

Y no inquieta que la reprobación del poeta sevillano de la Generación del 98 al magisterio monótono y rígido se desconozca por buena parte del alumnado que puebla las aulas patrias. Y tampoco que suene a chino para docentes flojeras amantes de la costumbre funcionarial (cumpli-miento), atados a papeles pedagógicos, protocolos obsesivos y adoctrinamientos resabiados. Estas ramplonas políticas de despacho (ahora meo, ahora pienso) alejadas de la persona, de poetas muertos y de inspiradores afines de voces blancas son una bagatela. Canción triste.

El árbol de la ciencia de Baroja continúa vigente. Desengaño perenne del siglo XX. Anacrónico. No perturba que la mona siga siendo primate aunque le inyecten toxina botulínica con el visto bueno del activismo animalista. La claque populista aplaude las decisiones ideológicas, ajena a que el meollo del asunto resida en que la mayor parte del profesorado está hasta las gónadas de las reclamaciones e impertinencias de estudiantes mediocres, del cuerpo de inspectores que amedrentan al personal, de farragosas y añosas programaciones y de la obsesión oficial para que el arretranque de turno promocione una y otra vez hasta que se le expida el título de incompetente. Solo así las estadísticas aliviarán sudores a equipos directivos y asesores. Pecados expiados gracias a la reducción del fracaso escolar.

Un mundo feliz. Distopía.