Ilustración: María Luisa Hodgson

Los estados norteamericanos de Nueva Jersey y Nueva York sufrieron la noche del 30 de octubre de 1938 innumerables escenas de pavor. La ciudadanía creyó que la Tierra estaba siendo invadida por marcianos. Un joven Orson Welles había decidido adaptar la novela La guerra de los mundos de H. G. Wells a formato radiofónico. El programa de la CBS, emitido en la víspera de Halloween, se prolongó durante una hora, informando en tres ocasiones de que se trataba de una dramatización de la famosa obra de ciencia ficción. Durante el resto de minutos, el ingenioso Welles y equipo radiaron la ocupación extraterrestre como si estuviese sucediendo realmente tras el aterrizaje de las naves alienígenas en la localidad de Grovers Mill. El falso reportero Carl Phillips no escatimó pormenores: “¡Dios santo! Algo se arrastra como serpenteando fuera de la sombra. Parece una serpiente grisácea. Ahora, otra más. Y otra y otra. No. Son tentáculos… Es una criatura grande, mayor que un oso y su cuerpo es muy brillante… Y esa cabeza… Es algo indescriptible. Apenas puedo aguantar sin salir corriendo. La boca tiene forma de uve por la que cuelga saliva repugnante. Este monstruo tiene dificultad para moverse… Apenas puedo encontrar palabras…Por favor, mantengan la sintonía…”.

Como no existía televisión ni, por supuesto, redes sociales, solo la prensa advirtió del malentendido al día siguiente. “Falso boletín de guerra difunde el terror por todo el país”, “Obra radiofónica aterroriza a la nación”, “Oyentes de radio entran en pánico”… fueron algunos titulares de primera página. Polémica servida y ejemplo paradigmático de lo que con los años se acuñaría en el mundo audiovisual como falso documental. ¿Te acuerdas en 2014 de la Operación Palace de Jordi Évole? Brillante.

12 de marzo de 2020. El Ejecutivo canario, al igual que sucede en otras comunidades autónomas de España, suspende la actividad del sistema educativo en el Archipiélago para contener la propagación del coronavirus, y aunque ya algunas personas hipocondriacas han hecho acopio de provisiones, el nerviosismo crece. El temblor reverdece y hay quienes corren al lineal para reunir latas de atún y sardinas, encurtidos varios, leche desnatada, papel higiénico (¡mi tesoro!), galletas María y arroz basmati. Instinto de supervivencia. La vida ordinaria que pierde la cotidianeidad. Retratos de seres anónimos, como los personajes de Jacques Tati, o sudores fríos ochenteros ante un ataque preventivo de la URSS. Genuina guerra fría de Polanski y el Ardor o una parodia de Tim Burton con capullos del espacio que incineran a terrícolas salvados a última hora por la redentora It’s Not Unusual de Tom Jones.

El director del Instituto de Enfermedades Tropicales y Salud Pública de Canarias, Jacob Lorenzo, afirmaba a principios de este mes de marzo en la Universidad de La Laguna que abunda el ruido en torno a una enfermedad con un 0,7 % de mortalidad. Decía que se debe mantener la tranquilidad y tener confianza en las medidas que están tomando las autoridades, como evitar las aglomeraciones. O sea, no contribuir a propagar el virus para no colapsar el sistema sanitario (el SARS-CoV-2 tiene un vector de contagio tres veces superior a la gripe). De esta forma se recuperará, más pronto que tarde, la saludable normalidad social y económica en compañía de un agente infeccioso (otro más) que, en absoluto, exterminará al género humano. La realidad no supera a la ficción apocalíptica. 12 monos es una película, los androides no sueñan con ovejas eléctricas y, por el momento, la sociedad sin libros de Fahrenheit 541 es una invención de Ray Bradbury.

Vivimos el mejor momento de la historia para el ejercicio periodístico. Nunca ha habido tanta información a disposición de quienes tienen el derecho a recibirla. Solo se trata de evitar la ingenuidad y seleccionar a profesionales y medios de comunicación fiables. El estado de alarma no es alarmismo. Es prudencia, sentido común, incluso para extremistas en cuarentena como Irene Montero y Santiago Abascal.