Ilustración: María Luisa Hodgson

La profesora de Enfermería de la Universidad de La Laguna Ana Arricivita no aguantó más y en la red social Facebook reclamó del vicerrector de Profesorado de la Institución académica, Néstor Torres, que sería conveniente que durante el confinamiento se preocupasen por la salud del cuerpo docente. El escrito, breve y contundente, muestra, sin ambages, un descontento generalizado. Simple y llanamente denuncia falta de acompañamiento y comprensión por quienes tienen la responsabilidad de cuidar a su gente. “La calidad sin humanidad no existe”, sentencia. Esta llamada de atención se realiza, además, en un contexto laboral no favorable, pues solo el 54 % del profesorado universitario español disfruta de un contrato permanente. De igual forma, en la enseñanza pública no superior el escenario tampoco es deseable: la ratio interinidad/funcionariado es de uno a tres.

Adaptar el cien por cien de la instrucción presencial a la telemática no ha sido sencillo. La programación no estaba preparada para el súbito cambio radical. No obstante, salvo excepciones, el trasvase se ha acometido con diligencia, responsabilidad y con la mejor actitud. Tanto, que la dedicación profesional es ahora mayor que la que se tenía con anterioridad a que se decretase el estado de alarma. El estrés habitual al que está sometida la trabajosa actividad didáctica se ha multiplicado no solo por la adaptación al nuevo entorno, sino por continuas llamadas telefónicas a madres y padres, y la tutorización individual con estudiantes a través de wasap, correo electrónico y canales multimedia (Google Meet), muchas veces, en medio de circunstancias familiares adversas o bajo el deterioro del implacable y terrible peso de la soledad. Abrir los ojos y disfrutar de las cosas buenas que tiene la vida no es habitual en estos días grises y claustrofóbicos marcados por la incertidumbre. El equilibrio emocional, sin duda, se ve afectado. La pandemia del coronavirus que desborda, desmorona prepotencias y destapa vulnerabilidades. El antropocentrismo se tambalea ante la verdad dolorosa del réquiem. Lágrimas, abismo, esperanza y trascendencia, como la que transmite en la morgue la titular de Defensa, Margarita Robles: “Nuestro recuerdo, nuestro cariño y nuestra oración».

Pese a la ansiedad manifiesta, las habilidades que se manejan, en mayor o menor medida, en las tecnologías de la información y la comunicación, facilitan el desempeño pedagógico. Y más cuando se desarrollan en sintonía con la sociedad en red del desaparecido ministro de Universidades Manuel Castells, que ni se le ve ni se le oye. Será que en este tiempo de reencuentros con la psique y con Sócrates se ha dado cuenta de que el conocimiento debe apartarse de la política. Por el contrario, la ministra Isabel Celaá ahonda en el desatino que marca la gestión educativa en España. El asno persiste en tocar la lira. La flojera de la incompetencia se encarama de nuevo al aula. Infantes y adolescentes de Primaria, Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional podrán promocionar y titular, de forma excepcional, sin considerar el número de asignaturas suspensas. Las pizarras del 2019-2020 se escriben con carbón para evitar, argumenta la estulticia, que la pandemia del coronavirus perjudique al alumnado afectado por la impartición de clases a distancia. Es la hoja de ruta para el colectivo escolar que empodera sinrazones en Jauja y acogota loables exigencias formativas. También en los campus. La directriz rectoral es clara: facilitar al máximo que nadie pierda el curso. ¿A qué precio?

La cultura del esfuerzo, que no se arredra, encomia la probidad y censura la pamplina, continúa brillando por su ausencia. Alfombras rojas que se extienden al fácil contento. Amarguras de un mundo patrio que es ansí, incapaz, por zoquete, de olvidar la milana bonita de Azarías. Complacencias cretinas de señoritas y señoritos con carné y cortijo. Empecinamientos que elogian el dislate.