Ilustración: María Luisa Hodgson

Las calles del centro de La Laguna invitan a vagar de aquí para allá y a sentarse, si se tercia, en una terraza con biruji. Castañean los dientes, suceden escalofríos y lucimos el suéter que llevamos por si acaso. Tienen más ambiente que las de Santa Cruz, salvo en Carnavales, claro. Eso dicen. Incluso en días de Fase 1. Es la novelería del lagunero y del chicharrero que corretea junto al Muelle de Ribera y sube a tomarse algo o a rezarle al Cristo o a saber. Los cacahuetes, que no manises, del Tocuyo son un clásico. Ahora hay otros clásicos más refinados y gustosos para el paladar en torno a Herradores, La Carrera y La Concepción. Por ellas, en ocasiones, zanganea Eliseo Izquierdo, que es cronista oficial, al igual que lo fue José Peraza de Ayala, impertérrito frente al Ateneo. Cerrado a cal y canto, la casa natal de Víctor Zurita languidece esperando su rehabilitación entre maderas quemadas. La Catedral de Nuestra Señora de los Remedios también soportó lo suyo. Echó el cerrojo durante doce años por aluminosis. Menos mal que el incansable Julián de Armas peleó la recuperación del templo al culto y a la visita de personas curiosas, ateas y no tanto. El día de su inauguración, el 25 de enero de 2014, el entonces ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, sufrió un escrache, algo así como los que, en la actualidad, sobrellevan Irene Montero, Pablo Iglesias y José Luis Ábalos en el exterior de sus domicilios ministeriales, chalete incluido. En fin. El tiempo que es reversible. Con Rajoy tomaban el asfalto perroflautas, troskistas, leninistas, azañistas y prole de Secundino. Y con Sánchez protestan “pijos maleducados”, ilumina Pablo Echenique, cursi exrojo de salón. Benditos y benditas. Frágiles que somos al virus y a las inclinaciones. ¡Ay!, lamenta el poeta Miguel Hernández cuando declama que todo le duele. Todo: lo divino y lo humano. El lío que lía. Costumbres. Lo normal es que la manzana caiga al precipicio y que el nombre de la rosa, aunque niegue más de tres veces, se junte con la serpiente de Bildu. La sombra de la hoz y el martillo que se aprovecha de la larga ineptitud. ¡Ay!, brama Nadia Calviño con el grito en el cielo. La reforma laboral, nocturna y prostituta, no la entiende ni el médico chino. Ilusa, ministra. ¿Todavía vas con el lirio? La supervivencia del presidente a cualquier precio y por encima de cualquier cadáver. La vida, que sigue idéntica. Más pobre, sí, pero con opio que olvidará que perdimos la primavera. Ni caso al renacer de historias proféticas de cuento con Pipi Calzaslargas y el espíritu de la otra niña sueca rebelde, Greta Thunberg. El cafre al volante continuará histriónico, el capullo de la injuria lamerá insidias y el pariente a la parienta o viceversa berreará ¡a la mierda! sin saber pedir perdón. Secaremos pronto las lágrimas por Charles Aznavour y por lo distinta que está Venecia sin ti. Polvos y lodos. Las oscuras golondrinas y las tupidas madreselvas no se han ido. Sin contagios los espejos reflejarán de nuevo verodes en los tejados y malas hierbas en el camino de San Lázaro hacia la Vega. San Benito traerá carretas y carretones, y algún corredor aéreo acercará turistas al drago.

Fase 2 a la vuelta de la esquina con voces ansiosas, mascarillas con estilo, malpaís, piche, barras de bar, arena y pedaleo esquivos entre el tráfico. Miradas al reino celestial y a la crisis terrenal, agorera. Y en medio de los recuerdos entre flores traspapeladas, un ataque al corazón que parte corazones queridos, y desvelos y cosas buenas y malas. El coronavirus vino para quedarse en una sociedad hostil y gentil que no tiene remedio, hace daño y enamora. Si te cuento…

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