Ilustración: María Luisa Hodgson

No he leído la novela La sombra del viento. Aunque, en sintonía con el amigo José Carlos Alberto, de nuevo puntual en Diez Radio, nunca he visto un capítulo de la serie Juego de Tronos. Probablemente merezca mayor castigo lo primero que lo segundo por eso de que mi parco intelecto pierde más sin el aporte narrativo que sin la exitosa producción audiovisual. Seré un flojeras, como William Thacker, el falso periodista de la revista Caballo y sabueso, donde siempre hay un hueco para la estrella de Hollywood Anna Scott. Ardid de amor. Por cierto, la película Notting Hill muestra uno de los besos más románticos de la historia del cine. Pasa desapercibido, como tantas golosinas discretas y heteras que no son virales ni progres ni salen del armario. Preferible el recato a la ligera exhibición que complace al corral patrio. Y brillante la frase del difunto Carlos Ruiz Zafón que descubro en un renglón postrero: “El supuesto mundillo literario es 1 % literario y 99 % mundillo”, acertada visión que refleja la mentecatería preponderante, ciudadana de las redes sociales que se escandaliza al oír en horario de máxima audiencia televisiva que los aborígenes de la Gran Canaria eran trogloditas, o sea, que habitaban en cavernas. El apuesto cocinero Jordi Cruz mancilla el honor del pueblo guanarteme incapaz de asumir que la cueva, no el Real de las Palmas, ha sido refugio desde siempre, tanto, que el decreto del Gobierno canario que regula las condiciones de habitabilidad de las viviendas en las Islas contempla a la casa-cueva. Una vez más, la asnería atrevida se pavonea. Y va a peor. El buenismo, que condona las asignaturas suspendidas, se hace fuerte en la Generación Covid. Criaturas empoderadas en la blandura que abona serrín cerebral. Pobres docentes. Mártires. E iluso Ricard Martínez, delegado de Protección de Datos de la Universidad de La Laguna, cuando apela a la honestidad del alumnado (“el esfuerzo dignifica”) a la hora de evitar falsedades en las pruebas telemáticas. Por si acaso, mejor adquirir Turnitin, un software que permite determinar el grado de originalidad de los textos que se presentan para evitar el plagio. Triste medida coercitiva en un mundo que suele mentir como se respira, como se pestañea o se estornuda, compone Benedetti ajeno a la convulsa España de Pedro Sánchez.

Difícil remar hacia la meritoria exigencia en este medioambiente y con una ministra Celaá que salió rana y mete de nuevo el anca al excluir a las Matemáticas de las materias comunes del Bachillerato en su reforma de la Ley de Educación. Ante el desatino, normal que la rectora de la ULL, Rosa Aguilar, y su homólogo de la ULPGC, Rafael Robaina, rubriquen junto a colegas de sus dos universidades un escrito reivindicando la Asignatura, pues, dicen, constituye un gravísimo error que afectará a la sociedad futura. Además, destacan que esta ciencia, “herramienta fundamental”, aporta una formación básica que construye conocimiento y ayuda al entendimiento de la naturaleza, al desarrollo de la tecnología y a la comprensión de los procesos sociales y económicos. Pero abrir la mente no interesa. Ya se intentó acabar con la Filosofía y tras defenestrarla volvió a las aulas en octubre de 2018 gracias al voto unánime de los partidos en el Congreso. Es el desquicie del poder legislativo que mata a Pitágoras, lo resucita y, ahora, de nuevo, retoma la pena máxima. Ortega y Gasset va a tener razón cuando, en alusión al principio de Peter, decía que quienes se dedican a la función pública deberían descender a su grado inmediato inferior porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes. Menos mal que la vida merece la pena, incluso cuando todo se derrumba o te diagnostican ELA, enseña el exportero y entrenador de fútbol Juan Carlos Unzué.