Ilustración: María Luisa Hodgson

Castigados por mal comportamiento. A llorar al valle. Peor sería un segundo confinamiento o lagrimear en la Unidad de Cuidados Intensivos. Lo leemos en Twitter, Wasap y demás plataformas obsesas. Púlpitos profanos para una sociedad poco virtuosa que hace de su capa un sayo. Mentiras, medias verdades (otras como puños), agudezas, injurias… Mensajes variopintos de almas gazmoñas, currantes, ejemplarizantes o comsí comsá. Reflejos de la arrogante realidad analógica. Y aunque sabemos que el hombre es un lobo para el hombre (sentencia para la posteridad Thomas Hobbes), cuando las gotas de deplorables albedríos colman el vaso, el Estado social y de derecho toma cartas en el asunto. El implacable peso de la sanción arredra bravuconadas. La letra con sangre entra, incluso en modelos democráticos. La condición humana y su circunstancia que perturba. Indecentes, ceros a la izquierda. ¿Te sorprendes? No. Tira la primera piedra. El caso es que aquí y allí somos bananeros y el Ministerio de Sanidad, antes del previsible despendole, acuerda, en sintonía con Galicia y Canarias, prohibir fumar en los espacios abiertos si no se cumplen las distancias sanitarias. Además, exige el uso obligatorio de la mascarilla al aire libre y en todos los recintos públicos. Toca, también, olvidarse por un tiempo de la pista de baile y de los bares de copas. El ocio nocturno, que se revuelve contra la medida coercitiva, en el ojo del huracán. Así que a apañar el salón doméstico. En él, mientras dure la orden, gestionaremos despacio un bolero de Los Panchos, afinaremos el paso con Gene Kelly, imitaremos el repiqueteo de Fred Astaire y Ginger Rogers, doblaremos cintura con alguna bachata de Juan Luis Guerra y Romeo Santos, y maniobraremos con Tony Manero y su paquete en Fiebre del sábado noche. Quienes leviten con el grosero reguetón de Daddy Yankee, Bud Bunny y afluentes zafios moverán el culo en su machista y pedestre habitación.

Botellones y fiestas indisciplinadas. En el fondo, poca cosa si lo comparamos con la avalancha de la vuelta al cole que se avecina. Ahí, al doblar la esquina. Agárrate. Padres y madres y su orgánica histeria a flor de piel. Colapsos sobre ruedas a la entrada de los centros escolares. Nada nuevo bajo el sol. Mozos y mozas con el pavo a plena efervescencia y el “no” por decreto. Correteos infantes en todas direcciones en medio de una algarabía de gritos, risas, desconciertos… Docentes de vuelta que aguantarán lo justo, principiantes de listas de sustitución que, superados, llorarán de desespero desde el primer día, sindicalistas avizores en pie de guerra, extras de auxiliares de comedor para contener a hordas hambrientas, bajas médicas a troche y moche (afonías tempranas, depresiones, estrés…), protocolos, documentos, normas que se sumarán al hartazgo, rifirrafes de pasillo y murmuraciones al alza que sacarán el cuero a diestra y siniestra (el pan nuestro nunca visto), geles hidroalcohólicos, mamparas divisorias, señaléticas asfixiantes, papeleras con tapa y mismos baños meados y cagados… Algo como un apocalipsis zombi sin muertos vivientes ni John Landis que filme el thriller. Haría falta un milagro, santiguarse con esmero y mucha fe (que no parece) para que los rebrotes no hicieran acto de presencia. Con esta radiografía, normal que la sobrepasada Consejería de Educación contemple que la evolución de la pandemia impida continuar, en algún momento del curso, con el aprendizaje presencial. Entonces, el profesorado retomará la enseñanza telemática y, junto al alumnado, perderá el juicio pese al previsto plan de digitalización, formación específica, programaciones diferenciadas y herramientas TIC. Será el acabose. Inquieta volver a la tensión sufrida durante los meses horribilis de la última reclusión. La premonición de la campaña de El Corte Inglés, ya retirada, acojona.