Ilustración: María Luisa Hodgson

Atados a una mascarilla. Miserere nobis. Privados del abrazo a Carmita a quien no abrazo hace tanto. ¿Y si me lanzo? Bastaría un aleluya frío y solitario, como el de Leonard Cohen. Y también cantaría Nena, la del negacionista (don Diablo) Miguel Bosé. Hoy soy como él. Hay un ángel en su mirada… Ora pro nobis. Y me pasan a Raquel Lanseros y su poema Invocación. Tres versos, suficientes: “Consérvense en mis labios las canciones, / muchas y muy ruidosas y con muchos acordes. / Por si vinieran tiempos de silencio”. Ese tiempo ya está aquí. Para rezar por gente muerta, viva y muerta viviente, que la hay. Y por la clase política que cacarea, trampea y rompe el silencio. El silencio que abraza. El silencio que desaparece con la Heroica de Beethoven en el Gran Telescopio Canarias del Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma, cerca de las estrellas y de algún agujero negro que lo captura todo, incluso la luz. El director Víctor Pablo Pérez, de nuevo en casa, dirige a la Orquesta Sinfónica de Tenerife con ocasión del 250 aniversario del nacimiento del genio alemán que, con la Tercera Sinfonía, castigó a Napoleón Bonaparte, petulante emperador. Malditos engreimientos que no se cansan, repiten miserias y nublan ejemplaridades. Gobernantes que decían digo y dicen Diego con la complicidad del enjambre vocero, ora bronca, ora calla como un tuso. Sociedad hostil, violenta, agresiva, demasiado pegada a la existencia. Esa que, tarde o temprano, se irá con la lírica a otra parte. Verdad incuestionable que no rebate ni el nihilismo contemporáneo facilón. Fake.

En este paisaje hastiado y sin abrazos públicos se agradece que la Academia sueca y la Fundación Princesa de Asturias se acuerden al alimón de la poesía de Louis Glück (Nueva York, 1943) y Anne Carson (Toronto, 1950), creadoras de versos reales pegados a la formica de la cocina. Versos que ahora descubro y releo en el Mundo sinabrazos (desolada palabra compuesta). Porque los aprietos domésticos no son lo mismo. Siempre están. O deberían. La clave está en no acostumbrarse. Pero los de fuera… Los de fuera fortalecen bienestares y emociones en cuentagotas saludables, algo gourmet, como la poesía de Gluck y Carson arrimada a la cafetera Bialetti, al taxi, al estrés… Y al amor y a las pasiones sin las ñoñerías de Elvira Sastre y la ciberpoesía de adolescentes que se encoñan en la Red. Por eso, mejor las palabras que se escriben en pausa, reposan y se comprenden a sorbos, despacio y vuelta. Miran hacia adentro e intiman con la memoria. Proximidades que comparten y huyen del cebo viral. Casan con el adagio, la fragilidad, no con el selfie. En todo caso, sea a o b, el virus desasosiega, agria el carácter, al igual que lo agria el tráfico cuando se congestiona. Nunca he conducido un automóvil y ahora que circulo en bicicleta eléctrica asiento que mi movilidad se ajustará mientras pueda a las dos ruedas sostenibles. Verso libre. Ritmo. No echo de menos el tranvía ni la guagua. Cuestión de espíritu, de afrontar las inclemencias con deportividad. Quiero creer que la poesía entrena el deleite y solaza el sufrimiento.

Las poetas galardonadas podrían haberme dado la vida y a ellas me pego con filial afinidad. Sus universos literarios son sobrios y huyen del tonteo, no presumen. Son reflexivos e indómitos, aventuras pacientes en alerta continua al instante y a lo siguiente. A veces, composiciones alambicadas. Es la provocación a la no costumbre, a salirse de lo ordinario con lo corriente.

Glück (La primera nieve): “Pero no estoy cansada, dice, / y la madre responde: puede que tú no estés cansada pero yo sí”.

Carson (La belleza del marido): “La belleza. No es ningún secreto. No me avergüenza decir que [lo amé por su belleza”.

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