Ilustración: María Luisa Hodgson

Con el fotógrafo Jordi Bernadó descubrí hace veinte años los charcos de Tenerife. Fue en un cuidado libro que editó la entonces Demarcación tinerfeña del Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias y la Editorial Actar. Ojeo a menudo sus páginas para respirar maresía ante la ausencia que prodigo. Me allega a los bajíos que retengo. Será por los burgados que echo de menos y los charquitos y aquellas amanecidas de erizos, pandorga, fulas y pejeverdes. Será que mis primeras patadas a la vida se dieron en Bajamar, batiente de charcos al igual que los que salpican en Punta del Hidalgo, Tejina, La Guancha, San Juan de la Rambla, Garachico, Los Silos o Callao Salvaje. Para perderse. Los charcos acercan a la otra Tenerife que también existe. Intiman con el paisaje sin necesidad de cartón piedra.

Soy de charcos, pero también de puerto y barcos. Y de la Marquesina y la Farola del Mar. Y de remolcadores y del correíllo La Palma. Y de la Virgen del Carmen. Y de los tinglados que recibieron carne argentina y chocolate inglés, y embarcaron plátanos y tomates, y hoy son una terminal que traen y llevan cruceristas que compran y comen en El Capricho que hoy es Nicomedes. Territorio que fue de Arroz Quemado y del Pibe y de cambulloneros.

Y soy de las dársenas de Los Llanos, Anaga, Este y Pesquera. Y en la Estación del Muelle de Ribera me detengo absorto, como cuando ruge la rotativa, frente al atraque de los catamaranes Bencomo Express y Volcán de Tauce. E impertérrita, la grúa de pórtico 6T-1 guarda en la memoria, entre tantos, al Ciudad de La Laguna, Villa de Agaete, J. J. Sister y Manuel Soto, mientras espera a que el Dique Sur se pueble de nuevo con los cruceros Aida, MSC Fantasia, Mein Schiff 3 o Costa Mágica. Ahora, la mayoría, ansiosos de pasaje, fondean al abrigo de Anaga.

Camino hacia el Muelle Norte y topo con la hélice del crucero Canarias, la falúa Práctico 1, la casa racionalista de los prácticos y la ninguneada antigua Estación Marítima del Jet-Foil, intervención de Arsenio Pérez Amaral, Antonio Corona y Eustaquio Martínez que obtuvo el Premio Regional de Arquitectura Manuel de Oraá y Arcocha en 1991 y fue seleccionada para la II Bienal de Arquitectura Española.

Luego sigo hacia la nave que la empresa Canarias Tuna Export tiene en la Dársena Pesquera, a continuación de los briosos muelles de Contenedores y del Bufadero, a propósito de los saberes nutricionistas que la doctora Iriana Espárrago expone en la revista Fama (atún, jamón, aceite y huevos). Su gerente, Ricardo Rodríguez, muestra a los túnidos recién pescados en caladeros próximos. Del pesquero El Macizo no paran de descargar brillantes manojos de peces azules. Esta rica actividad que se exporta, preferentemente a Europa, vecina, entre otras industrias, con el Plató del Atlántico de Lucas Fernández y la redacción de Diario de Avisos de Carmelo Rivero, pujantes empresas de comunicación para un litoral que no se cansa de confortar a las áncoras de la capital de la Isla. Santa Cruz, ya lo escribió Alfonso García-Ramos, es lo que es por su puerto, fue lo que fue por su puerto y será lo que se sea por su puerto.

Soy de charcos y de Santa Cruz (puerto y plaza), y con el alcalde, José Manuel Bermúdez, que no oculta su vocación portuaria, celebramos que tras aquel espurio proceder que truncó la propuesta de ordenación del frente de la playa de Las Teresitas, se haya puesto la primera piedra para las obras de defensa y ordenación de la Zona de Charcos del Área Funcional de Valleseco.

Después de treinta años de lucha vecinal, el Puerto, la Ciudad y la Isla brindan por la recuperación de este espacio costero. Suenan las sirenas desde Añaza a Taganana.