Ilustración: María Luisa Hodgson

Aunque mi amiga Susi baila kizomba, lento muy lento, no es lo mismo. Te hiela la sangre pero no es lo mismo. Es blanca y no negra. Será por eso. O no. Permíteme la licencia, pero las personas negras o mulatas tienen un ritmo vacilón que es mucho. Y cuando es pausado, pegado, suavecito y se enrosca… Ay mamita. Serán los calores y los sudores y los olores. No sé. Eso dicen quienes contornean el lovers rock. Imposible resistirse, quedarse quieto, como cuando en la peli Begin again (John Carney, 2014) el mannequin challenge de la fiesta final acaba en bailoteo. Música disco.

Y si la fiesta es en sábado sabadete y las bellezas jamaicanas mueven lo que mueven y lo rueda Steve Macqueen con aire rastafari… Ay mamita. Te levantas calmoso, amoroso, acompasado. Hasta pánfilo. Silly games enreda. Cierras los ojos y dejas, solo dejas lo sensorial. Sin alboroto, pasos pacientes, cercanos, erotizantes. Centelleo indirecto y cadencia. Fuego lento sin cigarrito. Con Janet Kay no hay prolegómenos prosaicos. Redoble, plato y pista. Vinilo a cuarenta y cinco revoluciones por minuto. Single. Una y otra vez. El que pincha es autómata, incansable. Nadie se cansa. Y sin cigarrito. Si acaso una copa. Luego a capela y psicodelia con dub a tope y congas. Caderas, hombros, cintura. Un-dos-tres-cuatro, un-dos-tres-cuatro… Inalcanzable para pichones picaflor de TikTok e Instagram.

Tras la noche, el día. Palmas y bajo (dun-dun). Jon Batiste marca la pauta. Drumming. Frente a la pantalla los pies se mueven solos. La silla molesta y sacudes esqueleto con vibrante falsete. Mezcla de jazz tradicional con funk, pop y R&B (rhythm and blues). Chasquido de dedos, color, fulgor y swim. Ay mamita. Quién quiere trabajar. Bailemos. Freedom. Raíces negras del sur del Gigante del Norte entre algodones que fueron segregacionistas. Cultivos de coros negros.

Y después del sol, la luna y el reverendo James Brown. Toca evolucionar en un eléctrico góspel arrobador con los granujas John Belushi y Dan Aykroyd. Órgano, sombreros, abanicos, cabriolas, alborozo… Todo es más fácil cuando se ve la luz en el templo. ¡Gloria, aleluya! Grande John Landis y terrorífico el thriller que inmortalizó junto al divino Michael Jackson a la salida del cine y unas cotufas vintage.

Tratamientos perfectos para la ansiedad. Mi cuerpo, últimamente, da señales. Ja, ja, ja… La colega piensa igual. Habrá que montar algo. Mejor en el exterior por eso de volar sin mascarilla. Da igual que no estemos en las Antillas, Nueva Orleans o la City años ochenta. Ella también lo siente. Suficiente. We need it.

Hay que sacarle brillo a la chapa y pintura del chasis. Moverse como Mia Wallace y Vincent Vega (excepciones blancas) después de mandarse una coca cola de vainilla y un batido de cinco dólares Martin ‘n’ Lewis. Y quitarse los zapatos. Antesala para bracear en el aire con Chuck Berry y sumergirse en Fondo de Bikini, fruncir labios, cruzar miradas, desviar fijezas, acercarse, separar volúmenes… Nunca se sabe qué puede pasar.

Dónde estabas tú. Y me arrimo a Omara Portuondo. Son y sabrosón latino con sordina, güira y requinto. ¡Qué bueno! ¡Ave María morena! Es la hora de Vanessa Williams y Chayanne. Hombros, culos, giros, circunvalaciones en el malecón habanero y azote de olas. Travieso en el lance. No hay que enfriarse. Si bien, a veces, el goce es terso. Ay mamita. Ronroneo con su santidad Romeo. Que se empañen los vidrios de la pecera. Tejamos bachatas.

Y si muero mañana, qué más da.

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