Ilustración: María Luisa Hodgson

Hace unas semanas celebramos el cincuenta aniversario de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972), una de las mejores películas de la historia del cine. Imposible acostumbrarse. Fantástico el metraje que inmortaliza las secuencias paralelas que transcurren durante el bautizo de la hija de Michael Corleone (Al Pacino). La liberación del pecado original, la renuncia a Satanás, a sus pompas y a sus obras y a todas sus seducciones casan con la muerte y la venganza más cruenta. Los hondos acordes del solemne órgano eclesial, el llanto de la bebé más inocente, el rito sacramental y un sepulcro blanqueado con mirada perdida hilan la luz y la sombra. Dios y tormento. In nómine Patris et Fílii et Spíritus Sancti. Y magnífica la banda sonora de Nino Rota que envuelve una trama de poder y traiciones por el bienestar de la familia. Favores, justicia. Quid pro quo: “Pides sin ningún respeto, no como un amigo. Ni siquiera me llamas Padrino”. Ausencia de límites y piedad. Sangre de purasangre que mancha el satén. Gritos desesperados para una obra maestra que no supera a la realidad. Lo sabemos. Maldito (y bendito) el ser humano.

Diez años antes, en 1962, John Ford despedirá el blanco y negro con El hombre que mató a Liberty Valance. El director del parche en el ojo encumbra el western con esta cinta en donde James Stewart, Lee Marvin y John Wayne retratan un episodio más de la construcción de Estados Unidos a través del forajido, la ley, el orden y el papel de la prensa, incipiente en el siglo XIX y ya sometida a presiones. Espuela para el fundador y director del Shinbone Star, Dutton Peabody, interpretado por Edmond O’Brien, que no se arredra pese a que la sede del periódico corra peligro. “Si la destrozan, será noticia”, dice (más o menos), el periodista, notario de héroes olvidados entre el polvo del Far West, bravuconadas y gatillos fáciles. Al final, el senador no olvida. Se llevó a la chica, pero Tom Doniphon, el hombre del Viejo Oeste que en la oscuridad le dio la vida, merece la honra en ataúd austero. Ahora, solo hace falta un flashback que reivindique a la flor de cactus, la que resiste al desierto del adiós.

Veinte años antes, en 1952, Gene Kelly protagonizará y codirigirá junto a Stanley Donen Cantando bajo la lluvia, el musical más colorido, jovial, luminoso y mañanero (Good morning) que hayamos visto. Solo, probablemente, La, la, land (Damien Chazelle, 2016) que bebe de su fuente, es tan bueno. Cantar, bailar y reírnos es un elixir maravilloso, es un aliento para la existencia lastrada de amarguras, es el entusiasmo que chapotea en los charcos, es el playback más perverso e ingenioso ideado para encumbrar a una estrella (la dulce Kathy Selden lo merece), es una declaración de amor sin letra pequeña, es sentirse en brazos de una dicha radiante, es turbarse con el piropo más hermoso (“¡Qué bonita está usted a la luz de la Luna!”), es la tentación infinita de la turbadora Cyd Charisse. Gotta dance! Nunca se ha contado mejor la irrupción del sonido en el Séptimo Arte. El cantor de jazz (Alan Crosland, 1927) sentó la magia para siempre.

Treinta años antes, en 1942, el Café de Rick unirá de nuevo a Rick Blaine (Humphrey Bogart) e Ilsa Lund (Ingrid Bergman), y una canción será eterna. Sam toca y canta As Time Goes By de nuevo para que unos ojos rayados viajen a París y el corazón dé un vuelco. Tiempos románticos en Montmartre y a la orilla del Sena que no se olvidan jamás porque la pesadumbre ordena. Tiempos de zozobra para decisiones ejemplares a pie de pista y comienzo de una hermosa amistad. El director, Michael Curtiz, trazó la perfección con Casablanca.

Hace cincuenta, sesenta, setenta y ochenta años.