Ilustración: María Luisa Hodgson

A Borges se le admira por su obra literaria y se le recuerda, también, por la animadversión que siempre le tuvo al fútbol, un deporte «popular porque la estupidez es popular», sentenció para la historia. Al escritor argentino le desagradaba la idea de supremacía, de poder, inherente a que un equipo gane y otro pierda, así como la exaltación nacionalista que desprende. El intelectual porteño fue una rara avis albiceleste y un apestado entre las barras bravas. Fue la antítesis de la Saeta rubia, del flaco Menotti y de Maradona y sus circunstancias. Fue un martillo pilón para el apasionado y, en ocasiones, descerebrado, planeta fútbol. Fue un tipo cabal que nunca vociferó ni bajó el pulgar en el circo romano, el nuevo opio del pueblo. Fue un romántico, un antisistema, un ácrata, un idealista, un pelotudo, un patizambo, un ser ajeno al estrés terrenal que precisa el enfrentamiento para sentir la existencia. Fue como Mafalda que, sentada en su banco de San Telmo, observa todos los días como en el Mundo «hay cada vez más gente y menos personas», dijo una vez la niña.

Borges tenía razón, pero ahondando en la estupidez humana y en su consustancial apego a la confrontación, mejor echar la bestia que llevamos dentro con cánticos en el graderío y en la calle con escolta policial, que ocupar territorios con la fuerza de las armas. Mejor once contra once, una pelota y alguna bengala distraída, que carros blindados, lanzallamas, misiles Tomahawk y cadáveres en la cuneta. Mejor un comité arbitral y su VAR que el Tribunal Internacional de La Haya. Mejor las bravuconadas del pocas luces centrocampista amarillo Jonathan Viera tras caer derrotado ante el Club Deportivo Tenerife, que las pocas luces de quienes gestionan el dinero público. Mejor algunas tarjetas sobre el césped, que guanartemes y menceyes blandan piedras y garrotes entre el Nublo y Echeyde. Mejor los comentarios y tuits de periodistas deportivos encantados de escucharse, pontificar, analizar y criticar alineaciones, decisiones y mentecateces (un año y otro y otro y otro), que brillantes crónicas de corresponsales de guerra escritas en la primera línea del fuego enemigo. Mejor que el casposo pleito insular se entretenga en un partido de ida y en otro de vuelta, que continúe alimentando, sottovoce, la mediocridad de la clase política nuestra.

El fútbol, no nos engañemos, hace mucho tiempo que dejó de ser un deporte. Los equipos se han erigido en cohortes abanderadas que batallan con agresividad por el blasón patrio y contribuyen a un mejor reconocimiento de la capitanía que las sostiene. Ya lo estudió en su día el profesor de Periodismo de la Universidad de La Laguna Javier Galán al publicar un estudio del valor de marca que tenía para la Isla el Tenerife de Javier Pérez, aquel que llegó a una semifinal de la Copa de la UEFA contra el Schalke 04 (1997). Un club de Primera División implica protagonismo mediático, social y económico. Esto no se le escapa a nadie. Y a quienes ponen la pasta, menos. Lo demás, el forofismo, la rivalidad extrema, es un ingrediente necesario. Solo hay que agitarlo para satisfacción de las manos que mecen la cuna.

Al igual que sucedió hace unos días en la capital tinerfeña, el enfrentamiento, hoy sábado, entre la Unión Deportiva Las Palmas y el Club Deportivo Tenerife será de alto riesgo. Agentes de la Policía Nacional conducirán a la afición blanquiazul desde el desembarco en La Luz hasta su lugar en el estadio y vuelta. Un helicóptero volará por la ciudad, sonarán sirenas y decenas de hinchas ondearán banderas, rugirán, gruñirán y, al final, tirarán botellas de plástico. La sangre eso sí (se presupone el fundamento) no llegará al río. En la Televisión Canaria y en el bienestar del palco, por su parte, tirios y troyanos escenificarán la gran comedia de la fiesta del fútbol canario.