Ilustración: María Luisa Hodgson

La Corona Forestal no luce su mejor verde. Después del incendio también viste gris y negro. Y canelo, el de la alfombra de pinocha que cubre el sendero. Los troncos son carbón vegetal, palos, estacas. Es un bosque fantasma que espanta buenos sueños. Este paraje no invita al sueño profundo, a emitir, si tercia, ronquidos estruendosos o similares a un graznido de pato. Concita, en cambio, pesadillas, sudores y espanto. Es un territorio cenizo de paso ligero. Pinta bastos. No ha lugar detenerse en detalles y regodeos. Si acaso reparar en la señalética abrasada. La recoges del suelo y te tiznas las manos. Claro. Suele pasar si juegas con fuego.

El monte es un fiambre. O eso parece. Pero al pino canario no le des por muerto. Otra cosa mariposa es la fauna. Confiemos en el renacer de los bichos buenos. Los oscuros vencejos y escarabajos siempre vuelven. Y el pinzón azul, el pico picapinos y el murciélago orejudo son listos como una tea. Nidificarán de nuevo. Imposible resistirse al latido del Teide. No tiemblan las plumas. Se agarran a sus tablas de náufrago. No olvidan canciones, lombrices y pianos de cola que huelen a tierra desmenuzada, lluvia horizontal y cerveza. Añoran a la malilla, al dos de lo virado de aquellas partidas de envite que se jugaban a la sombra de las acículas. Chico fuera y llegar a la noche. El instinto aprendido retiene las nubes del Alisio.

En medio del despojo, de la desdicha, bien sabe vaso vino y plato de lentejas en Las Lagunetas. La casa de comidas de Alicia es una delicia. Al mal tiempo, alegría. Y un beso casero. Al final, lo que importa. El calor de hogar no quema. Otra cosa son los días. Arden. O sea, mirada hacia adelante, oportunidad para la vida y la muerte, como las pavesas que vuelan y prenden. Cojo la bicicleta eléctrica, el tranvía o el coche rojo que ilumina. Somos la cerilla que enciende los aniversarios. Hacia atrás: aprendizaje o lastre. La carne chamuscada no arrastra. Es una fuente cegada al agua, un rosal sin espinas, frígido, sin sentido, una cantimplora que no se destapa a la puerta del Infierno. Tranquilidad. En La Esperanza, con y sin follaje, no conviene perder el rumbo. Irse por las ramas es un peligro, es abandonarse a la suerte, mala consejera en el vaivén del Mundo. Seguir la senda es seguro y si tropiezas con una torre de alta tensión sabes que sus cables son ríos que van a dar a la mar, que, en este caso, no es el morir. O sí.

En las playas Central y Leocadio Machado, en El Médano, y en la Grande del Puerto de la Cruz, se han detectado alteraciones de los parámetros biológicos. Esto es, el nivel de bacterias fecales enterococos ha superado esta semana el máximo permitido. Cuerpos lozanos, frondosos y fofos, cuerpos morenos y dorados, templos del Espíritu Santo, privados del baño. El paraíso tinerfeño, entre cacas democráticas. Todas por igual en género, clase social e ideología. Todas al emisor submarino. Cacas por el mismo agujero. ¡A la mierda!

Una fogata en la arena serena. Alongado al Firmamento le doy la espalda a la cortesía verbenera de sus señorías y demás cofradías, a las cagadas recurrentes de palacio que tarde o temprano salpican caras sin alma. El espectáculo de ahí fuera hastía. Vence a la lírica, a los oasis, al atardecer tierno. Desespero. Serán las canas, la vejez, la lisura, la necesidad de apretar la calma, de adormecerse junto a la flor de la canela.

¿Y si me pierdo en San Borondón? No de momento. Esta noche de sábado, 30 de septiembre, corazón y flecha.

Fue, es y todavía tantas cosas.

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