Ilustración: María Luisa Hodgson

Al norte de Punta de Teno el mar está picado. Al sur, a la vuelta del Faro, brilla calmo. En el horizonte occidental, los perfiles de La Palma y La Gomera. Taburiente divide en dos a la Isla Bonita. Gara y Jonay se presienten en El Cedro. Un joven gabacho con tez de mosquetero exhibe pinga morena en el pequeño muelle, antes de que blanquecinos cuerpos eslavos perturben con su hediondez el sosiego y las pinceladas del viejo pintor oculto en el basalto. Y sus cangrejos. Quién fuera guanche con añepa. Donde Tenerife comienza merece bastón de mando.

En Punta Teno la cuidada intervención sobre el territorio contrasta con invernaderos abandonados y alguna casa en ruinas. El paisaje protegido también es edén para quienes se alojan en la villa de Eduardo Machado. Mínimo, tres noches. Airbnb vende muy bien naturaleza y lujo: piscina, jardín, barbacoa, conexión wifi… Ideal de descanso con senderismo, buceo y golf en el campo que diseñó Severiano Ballesteros.

En este suelo volcánico alumbra uno de los siete faros de Nivaria. Construido en 1897 cautiva a la marinería en tierra, diminuta frente a los Acantilados de Los Gigantes. Su luz automática alegra la oscuridad tras la piedra y el lagarto pintado adorador del Sol. Solo Tony Manero entiende la oración sobre el picón. La fiebre del sábado luce mejor bajo las estrellas, la Luna y el red & white.

Tabaibas, cardones, lechugillas, pan con matalauva y una ballenita aislada sin barba. Chalanas varadas en arena negra y charcos boreales. Qué difícil no dejarse llevar por los sentidos de la poesía cuando no hay electricidad. Momento propicio para soltarse el pelo y comprender que la melena rejuvenece el rostro e invita a la introspección. Con los años el peine obliga a mirarse al espejo. Así nos volvemos más civilizados y sensibles. Es como un soplo de aire. No damos vueltas ni le buscamos cinco patas al gato. Asumimos, sin más, que un fraile vele por la seguridad en la carretera TF-445. Benditas mallas metálicas. Con el mazo dando.

En la otra orilla sí hay atasco. La ermita de la Cruz del Carmen colapsa sin romería. Es la laurisilva de Anaga quien llama. Será la ilusión panteísta. En medio, el viaje que queda: la brisa en mitad de la Isla, la TF-5 sin tráfico, el Padre Anchieta en el imaginario, la Vega de La Laguna y Las Canteras. Musgo y líquenes sobre piedras y troncos centenarios con cinturas de batucada. Piel. Turba vegetal y turistas en desorden. En la cumbre oriental vuelan cernícalos sobre automóviles de alquiler en carnaval. El tiempo, pese a todo, se detiene en Las Bodegas, en Las Vueltas y abajo en los bancales.

Parada en El Bailadero. No se baila aunque hay ganas. En El Albergue de Aarón Barreto y Eloy González sirven vino embotellado y del país, queso, papas arrugadas, bacalao y carne en viernes de Cuaresma. Las mochilas mochileras conectan con dulces de leche de Argentina y cervezas alemanas. Luego, en El Caracol, mojitos con hierba buena. Las raftas y sus circunstancias son iguales aquí y en Pekín. La Macaronesia aplaca a las fieras. Crepúsculo en las olas de Almáciga, ocaso en el silencio de Benijo. Pardelas aparte.

Desde Teno a Taganana. Y en Santa Cruz, de madrugada, Carlinhos mueve lo mejor del Mundo en un oasis multicolor de sangre criolla. Savia de drago que agita despacito la surrealista untuosidad del día. Saludable resina que no elimina, empero, el crecer de los llantos atrapados en el eclipse. Todo consiste en evitar el grito, en merecer, en doblar la esquina. Y unos churros con chocolate de amanecida.

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