Ilustración: María Luisa Hodgson

El dispositivo de seguridad desplegado este viernes, 12 de junio, en Tenerife, con ocasión de la visita del papa, León XIV, no tiene parangón con ningún otro dispuesto en la Isla. Solo se acerca a mucha distancia el que se organizó a raíz de la visita del presidente chino, Xi Jimping, en noviembre de 2919. Pero el operativo también será recordado por el buen talante: las policías Autonómica, Local y Nacional, junto a la Guardia Civil, lucieron, como nunca, buena cara y el mejor ánimo. Incluso, se intuye, entre las dotaciones que se apostaron en la Plataforma Petrolífera y en la azotea de los Juzgados, el edificio, por cierto, más feo de la Capital tinerfeña.

El recinto portuario donde se celebró la misa oficiada por el santo padre ante treinta y cinco mil personas se custodió palmo a palmo. Fue, sin duda, el espíritu de fraternidad que transmite Robert Francis Prevost​​. Solo mostró mal temple un guardia civil del Servicio Fiscal y de Fronteras que apatrullaba el lugar subido en un escúter tipo segway. Estaría mareado.

Todo estaba previsto. Y los planes b tampoco fallaron: el Falcon de Felipe VI llevó al papa a Roma desde Los Rodeos tras una avería detectada en su avión.

El Cristo de La Laguna y la Virgen de Candelaria presidían el presbiterio junto a reliquias de los dos santos canarios: José de Anchieta y el Hermano Pedro. Nada podía salir mal. Además, ahí estaba el speaker, Dino Romero, para animar la fiesta católica.

Los sacerdotes de la Diócesis, ataviados con alba, no tardaron en llegar y, entre aplausos, se ubicaron en sus privilegiados asientos. También, de vez en cuando, desfilaba en formación un pelotón de la Guardia Civil, igualmente arropado por palmas. Junto al sector clerical, la clase política y otras autoridades pasaban calor con el riguroso dress code de traje y chaqueta. Incluso, hubo señoras que se atrevieron con vestidos negros y pamela, y alguna que otra cursi con un paragüitas chino. Sería prescripción médica.

En medio del alboroto gobernante previo a la llegada de León XIV, Los Sabandeños, con manta esperancera, cantaban La Muralla («¡Tun-tun! / ¿quién es?») y hubo quien se atragantó. Nada grave. Juan Luis Calero, por su parte, evolucionaba con el pasodoble Islas Canarias, mientras que Chago Melián, recién llegado de La Punta, deleitaba más tarde con el Ave María de Schubert, el de toda la vida.

Chácaras y tambores anunciaron en la explanada del Puerto la llegada del papamóvil, que esperaba estacionado al sumo pontífice en el patio del recreo del Colegio La Salle. La jornada se había iniciado en el Dispositivo de Acogida Humanitaria de Emergencia de Las Raíces y en la plaza del Cristo de La Laguna.

Después de recorrer varias calles capitalinas, con parada junto a los dragos del Ayuntamiento, en donde el papa recibió del alcalde, José Manuel Bermúdez, una réplica a escala de la Cruz Fundacional de Santa Cruz de Tenerife, el obispo de Roma encendía los corazones bajo la cordillera de Anaga.

La eucaristía serenó energías y reveló una homilía que igualó manos negras y blancas. Por momentos, imaginamos que estábamos sobre una enorme patera castigada por el implacable sol desbordante de «hermanas y hermanos» (papa dixit) de África. Pero no era así. Esta embarcación imaginada contaba con un eficaz servicio sanitario y voluntariado que surtía a destajo botellas de agua y ambrosías…

El joven matrimonio integrado por Elena Marrero y Carlos Luis González (y sus peques, Marta y Miguel) y el presidente de las Escuelas Católicas de Canarias, Antolín González, participaron, entre otras personas, en la vibrante ceremonia, especialmente emotiva cuando el coro del Orfeón la Paz y de la Reyes Bartlet cantaron el Hosanna in excelsis con los acordes del Arrorró de Teobaldo Power. Soberbia la interpretación de la Banda insular de la Federación de Bandas de Música de Tenerife.

Al término de la comunión el obispo nivariense (¡qué absurda obcecación designar a nuestra diócesis con el nombre de San Cristóbal de La Laguna!), Eloy Santiago, ensalzó el viaje apostólico del sucesor de Pedro («es canario y en estas islas tendrá siempre su casa»), al tiempo que acompañó la Salve a la Virgen morenita.

Dichoso el viaje de León XIV a Madrid, Barcelona y Canarias. Difícil olvidar su tregua de amor.

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