
Ilustración: María Luisa Hodgson
Sesenta mil personas perreando con Farruko, Pepas, Ivy Queen, Myke Towers y Don Omar. Sesenta mil personas coreando el éxito Dale Don Dale de este último cantante portorriqueño conocido, también, como El Rey del Reguetón. Letras sexistas, violentas… Letras (paradoja) pa mujeres empoderadas, letras pa perrear sin tabús… Letras pa una cultura urbana, pa cuerpos cosificados, repetidos… Letras invasivas, tensionadas… Letras huecas y sincopadas… Respiración, fuego… Letras de músculo y hueso: «Me dicen, mami, que esta noche tú estás algarete / (Dale, papi, que estoy suelta como gabete) / Te andan cazando el Boster y los mozalbetes / (Que se tiren, que estoy suelta como gabete) / Hay una fila de charlatanes pa’ darte fuete / (Que se alisten, que estoy suelta como gabete) / Entonces tírate bien suelta, como gabete / (Dale, Omar, que estoy suelta como gabete)».
Dale Don. Dale sin prisa, cadencioso. Bailen mis sesenta mil niñas y niños de Hamelín. Santa Cruz de Tenerife y tantas ciudades, puertos y plazas, en la inmensidad de caderas sin tregua, ni nada. Esqueletos hambrientos al juego de la fogata y media vuelta. Y las fotos y los vídeos y la vida y la muerte y los teléfonos móviles y la pandemia en la tierra sin pensamiento, ni nada.
La marabunta avanza hacia el escenario. La humanidad ha olvidado la infancia. O no. Meas en la calle. Solo es biología. No hay metafísica y Aristóteles se reduce a nombre de perro. Zaratustra no es un ermitaño, ni filosofía, ni un poema sinfónico. El Kama Sutra se aprehende en la adolescencia. Juntamos cosas. Puta locura. Me gusta el olor a napalm por la mañana.
Basura. Montañas de botellas, vasos de plástico, latas… ¿Dónde queda Greta Thunberg y aquellas chácaras por Canarias tiene un límite? ¿Y los cacareados Objetivos de Desarrollo Sostenible? ¿Te sabes el quince? Alcohol y bebidas energéticas elevan la presión arterial y el ritmo cardíaco de inmediato. Ríos de Monster. ¿Te sabes el tres?
Dos señoras de la limpieza del Auditorio de Tenerife recogen los kilos de mierda amontonados en las escalinatas. Desde arriba se observa el avance de la manada ruidosa. Fragor contemporáneo en el légamo de sí mismo.
Ajeno al aluvión, la Sala de Cámara del Adán Martín no llena con Fimucité sus más de cuatrocientas butacas en torno a John Williams, a través de los arreglos del pianista italiano Simone Pedroni. Sobre el escenario le acompañan Sara Andon (flauta) e Irene Alvar (chelo).
Sesenta mil criaturas frente a cuatrocientas. Idéntico día y horas aproximadas. Reguetón frente a uno de los compositores que mejor música ha creado después de Bach, Mozart y Beethoven. Carne y pescado. Cada cual en el camino del Mundo con sus detritus y perfumes. Caprichoso albedrío más o menos determinista. Fruta, colores y la mano que mece la mecedora. ¿Destrucción, hechizo, silencio, engaño, encanto, autenticidad…? Insoportable (extraordinaria) levedad.
El sonido puro, claro y melódico de la flauta evoca a la princesa Leia. Empieza el concierto John Williams Reimagined. La fuerza acompaña y se suma la expresividad del chelo, el instrumento que mejor entiende la voz humana. La resonancia y tersura del piano completa el trío virtuoso.
Volamos en el Halcón Milenario hacia el Japón de Memorias de una Geisha y con los ojos cerrados recordamos los de Chiyo. Maravillosos. El vacío queda atrás.
La energía de Campanita (Hook) viaja por el aire. La sonrisa de América es la alegría de un arte exquisito que se quiebra con la melancolía de La Lista de Schindler. Chelo y piano dramatizan una obra maestra.
Crece el repertorio y el actor Sam Neill, recién fenecido, recobra el pulso con la interpretación de A Tree for My Bed de Parque Jurásico. Piel de gallina. El ámbar resucita de nuevo el sueño de clonar dinosaurios.
Solo con el piano y una Súper 8 (Los Fabelman) unimos, finalmente, los fotogramas de nuestra historia.
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