Funeral de Ricardo Acirón en la catedral de La Laguna.

Una vida. Toda una vida dedicada al Periodismo. Una vida solícita con la sociedad que corre deprisa y ora te pretende ora te deja en el tintero. Una vida que se vive intensa y se cuenta a ritmo de vértigo. Una vida que antes era bohemia y actualmente no tiene tiempo. Una vida que se va y se queda porque Acirón es obstinado y es tozudo y le queremos. Todavía está. Una vida en  papel que lo aguanta todo. Una vida de perros que comen perro. Una vida maravillosa que se sostiene cuando caes. Y te levantas y das un golpe en la mesa y gritas. O vociferas en silencio y en soledad te oyes. Vida de periodistas. Esos profesionales que se forjaban en plomo y hoy lo hacen en bytes y con impertinentes teléfonos móviles (un wasap me dio la noticia…). Una vida urgente que deja amigos y algún despistado que otro que no entiende que todos estamos hechos de la misma pasta. ¡Querido! Una vida que algunos valientes, osados, profetas, locos, obstinados, generosos, únicos, baturros… construyen con sueños que se hacen realidad. Y le quitan horas a la familia, al ocio, a sí mismo y se lo dan a los demás, aunque, al final, intenten devorar a Saturno. Omnia in bonum. Y el periodista, el profesor, atisba el viaje y le recuerda al colega de academia que a donde va no le requieren honores.

Alfonso, Óscar, Gilberto… estudiaron en la Escuela Oficial de Periodismo. Esa misma de la villa y corte del Madrid que iguala a reyes magos con géneros de caricatura. Y tú, Liborio, seguro, que eras majadero, escribirías en tu columna que ya está bien de pollabobadas. Y el sustantivo lo asentarías con determinación y desparpajo porque también eras de aquí, de un Tenerife que te arropó y te hizo hijo adoptivo. Y porque HHH ratificaría el canarismo. ¡Y eso va a misa, cristiano! ¡Ay Carmena! Y don Patricio y don Leoncio y don Víctor y las citadas y certeras plumas nada sospechosas se sumarían a tu sainete de esta España nuestra surrealista.

Y te empeñaste en que ya no fuéramos a analizar los mensajes del periodismo a la metrópoli. Y la jugada de la Facultad, que lidiaste con el rector José Carlos Alberto, te salió bien, pese a que esta, a veces, fuera como la casa de Tócame Roque. Es lo que tiene la canallesca. Pero, ¡qué carajo! La Pirámide está cada día más guapa. Y te lo debemos maestro. Te debemos que hayas estado. Y eso es mucho y no es fácil. Así es, Ricardo Acirón. Y no te preocupes por tus doctorandos. Encontrarán camino al andar. Y los recién graduados nunca olvidarán su primera rueda de prensa. Y los cierres llegarán cuando tengan que llegar. Y las rotativas zumbarán de noche con el sereno. Y la unidad móvil, presurosa, estacionará mejor pronto que tarde. Y el redactor jefe soltará un “mensaje a García”. Y el fotógrafo peleará por ser de primera. Y las alcachofas se meterán en camisas de once varas. Y las crónicas compartirán alegrías, llantos y esperanza, que siempre nos queda. Y la empresa informativa seguirá innovando. No hay otra.

Una vida. Toda una vida, apreciado Ricardo, de servicio a un oficio que tanto nos atrapa y tanto nos hace sufrir.

 

 

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