Fernando de Iturrate

El reloj de la bomba colocada en el maletero del descapotable parece escucharse en el puesto de control fronterizo de Los Robles. Tic, tac, tic, tac… Segundos después, el autómovil salta por los aires y con él, el mafioso de la droga que lo conduce y la rubia que le acompaña. La explosión interrumpe el abrazo y sucinto beso entre Mike Vargas (Charlton Heston) y su mujer Susan (Janet Leigh), también protagonistas del plano secuencia de algo más de tres minutos de duración que marca el comienzo de la película Sed de mal (1958), dirigida por Orson Welles, quien interpreta, además, a un corrupto capitán de la Policía, Hank Quinlan.

Por el aula de audiovisuales el profesor Fernando de Iturrate circula con brío en torno a la pantalla. Hace calor y varios alumnos improvisan abanicos de papel. La clase, en penumbra, vibra con la atinada percusión de Henry Mancini. Los estudiantes, absortos, no pierden detalle y disfrutan del blanco y negro y de la explicación del maestro. La magnífica realización bien merece el comentario. Cautivan los sudores del ponente.

Mientras, en Granadilla de Abona, figurantes y principales justifican otra de cine negro. El guión no se altera y José Domingo Regalado asume la alcaldía del municipio tinerfeño tras prosperar la moción de censura presentada por Coalición Canaria, Partido Popular y Ciudadanos contra el alcalde socialista Jaime González Cejas. Y se escenifican traiciones, honores, intrigas, imputaciones, dignidades, tolerancias cero, mezquindades… Los mismos perros con distintas correas se rasgan las vestiduras, miran hacia otro lado, conspiran… Hoy, no todo vale. Mañana, sí. Bruto mató a César a los pies de la estatua de Pompeyo Magno. Una de romanos. Una de Sabina. Y el secretario de Organización del PSC-PSOE, el gomero Julio Cruz que prescindió del paisano Casimiro, enarbola amenazas que caen en mochila rota. No es la guerra de Clavijo. Mutis por el foro. Y la vicepresidenta Patri, que es disciplinada, esperará al 8 de octubre para que el Comité y Susana Díaz decidan qué pasa con el quebranto de la confianza. Aunque en la calle hace mucho frío y tampoco hay que ser más majadero que Sánchez, un capullo en el perenne rosal felipista obsesionado con la poltrona del sueldo vitalicio, secretaria y escolta.

La actualidad política nuestra es como un holocausto zombi, como el Thriller  de Michael Jackson que inmortalizó John Landis en, probablemente, el mejor vídeo musical de la historia. Es una triste caricatura de Atticus Finch (Gregory Peck), el honesto e íntegro abogado de Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962). Es una radiografía del género humano y las miserias de los necios que conjuran en el ecosistema del grotesco Ignatius J. Reilly.

Y esto no lo arregla ni el médico chino ni el Séptimo de Caballería del general Custer cabalgando con Garry Owen. El lado oscuro de la fuerza está más presente que nunca en los asientos de concejales, consejeros, diputados, senadores y parlamentarios. Es el pan de cada día que alimenta a periodistas, tertulianos y coletas de todo pelaje, condición e ideología en el mundo real de la píldora roja de Matrix.

Menos mal, querido Iturrate, que siempre nos quedará París… Y John Wayne.

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