La cuestión de la capitalidad canaria ha suscitado a lo largo de nuestra historia no pocos enfrentamientos entre los de allá y los de aquí. Marcos Guimerá Peraza lo reseña con todo lujo de detalles en su libro sobre el pleito insular soportado entre 1808 y 1936. Pero ni la división provincial en 1927 ni la designación de cocapitales a las dos grandes urbes ultraperiféricas tras la promulgación de la Autonomía en 1982 han serenado vanidades. Está en los genes de las patrias chicas. Está enraizado en el toletismo, sobre todo, de algunos políticos. Y, en especial, de un tiempo a esta parte (ya se ha escrito en este Pípol), en el nacional-insularismo de Román Rodríguez y su Nueva Canarias. No extraña, entonces, que Antonio Morales, que fuera alcalde de Agüimes por la Agrupación de Electores Roque Aguayro y ahora presidente de la Gran Canaria pierda el tino. Cosa rara en él. Pero el virus estaba latente y solo tenía que florecer en aguas de microalga. Y el galeno, contento con la maniobra de su kamikaze, se regocija con la carnada para el chicha, el protagonismo mediático y los rifirrafes en redes sociales. La operación ha sido un éxito. Incluso (efectos colaterales), ha dado pie a las comparancias, a que ciertos opinadores hayan quedado con el culo al aire al considerar irrespetuoso el fotomontaje de Carlos Alonso y Fernando Clavijo retozando entre cianobacterias, mientras que la representación del Cristo de Abubukaka no es sino una muestra libertaria de sano humor democrático. Chúpate esa. Defendamos el honor mancillado de los líderes de Coalición Canaria, agraviemos al cristiano, abarrotemos el parquin de Las Quinteras (¡a las barricadas!) y bendigamos, ya que estamos, el degüelle del cordero musulmán. Varas de medir.

Y cerca del Cristo de La Laguna (ese mismo) respiramos universidad con el rector de la institución que presume de  225 años (viejuna). Martinón presenta en el Casino la primera edición del Campus América, que se desarrollará entre el 9 y 20 de octubre, y al contrario que su tocayo correveidile del Nublo, vuela alto. Será la cátedra. Será el cargo magnífico. Será que está de vuelta de su pasado militante. Será la academia honesta que templa apasionamientos y serena perspectivas. Que las hay, pero que enriquecen el discurso cuando se huye de la charlatanería académica, que la hay y se sostiene en la mediocridad de cansados docentes funcionarios y en jóvenes profesores obcecados con la publicación de artículos a granel en revistas con cuartil de dudosa excelencia. El precio de la carrera universitaria. Mentira machanga.

Antonio Martinón es consciente de que las Islas tienen que impulsar la vieja aspiración de convertirse en un lugar de encuentro tricontinental. Para ello cuenta con los campus América y África (buen trabajo el de José Gómez Soliño) y un equipo de vicerrectores que hacía tiempo no tenía La Laguna. Carmen Rubio (Internacionalización), Francisco Almeida (Investigación) y Fran García (Relaciones con la Sociedad) son una muestra de la vanguardia de una gestión bien hilvanada que no dormita porque no hay tiempo para dormir. Y a la vera de San Fernando labora con brío y eficacia la Fundación General de la Universidad con Julio Brito al frente. Ya había cambiado de cara con Sergio Alonso y ahora los resultados, lógico, se evidencian con mayor nitidez, gracias, también, al talante y preparación del joven cuadro de técnicos comprometidos con el servicio eficaz.

En el Casino, el alcalde José Alberto Díaz fue otro de los que se impregnó de gobernanza, democracia, cultura… y enseñanza superior. El primer edil ofreció su ciudad no amurallada para entender y compartir perspectivas globales. Se lo agradecemos en este tiempo de miserias pueblerinas. ¡Qué difícil parece!

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