Ilustración: María Luisa Hodgson

Algunos nacimos en 1968 y respiramos desde la cuna aires de mayo traídos por el Alisio. Debajo de los adoquines estaba la playa, también la del Festival de Cannes, que ese año no tuvo ganadores al suspenderse en solidaridad con los estudiantes y obreros detenidos durante las manifestaciones de París. Jean-Luc Godard, Roman Polanski, Francois Truffaut impulsaron la medida, que, rápidamente, contó con el respaldo de colegas directores de cine que retiraron sus películas a concurso, como hizo el español Carlos Saura. Cincuenta primaveras después, la efervescencia persiste y, si bien, la alfombra roja no se retira, el movimiento feminista, brioso y con bayoneta calada, protesta contra las reglas de vestimenta que solo obligan a las mujeres. La actriz Kristen Stewart se quita el taconazo y no calla. Y tampoco cierran la boca los claustrales de la Universidad de La Laguna que abogan por una mejora de los protocolos de actuación ante los posibles casos de acoso sexual y sexista que se puedan dar en su seno.

La agitación necesaria que no cesa y que, como casi todas, bebe de aquellas revueltas que no llegaron a ser una revolución pero que sí se vivieron como tal porque movieron cimientos culturales, generacionales, políticos, antiimperialistas… Y hoy, mitificadas, las conmemoramos desde la idealización y el rigor académico de estudiosos. Es el caso de Jaime Pastor que, en el Aulario de Guajara, nos acerca también a la indignación que sacudió otro mes de mayo. Este en 2011 (11-M) en torno al oso y el madroño. Levantamiento con causa que vociferó “¡No hay pan pa tanto chorizo!” y catapultó a Podemos al estrellato de la utopía posible. Un espejismo. Pronto se dejó engullir por la burocratización y la lógica electoralista, sentencia el politólogo. Y con él y con Vargas Llosa apunto a que la formación de Pablo Iglesias, a propósito del chalé que ha adquirido en la Sierra junto a Irene Montero, parece una “dictadura perfecta”. ¡Uff! A quién hierro mata… ¿Qué difícil parece marcar distancia? Es el drama de las sociedades divididas que engulle a sus hijos y los devuelve rotos. ¡Ay! Santiago Negrín. La toma de tu palabra no valió la pena. Mejor son las pintadas libertarias y los carteles que empapelaron la Sorbona (tenían un sentido), que televisiones autonómicas contemporáneas que dañan. ¡Estamos hartos!, Santi. Igual que tú. Por eso presentas la dimisión, renuncias a todos los cargos y te vas con la mochila a otra parte. Aquí al lado. ¿Adónde si no? En el extranjero el racismo coge fuerza. Me cuenta María Zurita que en la Viena civilizada del democristiano Sebastian Kurz (ÖVP) y del ultraderechista Heinz-Christian Strache (FPÖ) hay locales de copas que repudian a paisanos de Erasmus. Xenófobos. Es lo que se denomina chovinismo del bienestar. Es la resistencia a una sociedad mestiza. America first. Österreich zuerst. Menos mal que en la España peninsular, a excepción de la doliente Catalunya de Puigdemont y Quim Torra, estamos como en casa. Y ahora más cerca. Gracias Román por la bonificación del 75 % de descuento para los residentes en los viajes. ¡Y para siempre! Carlos Alonso va a tener razón cuando aboga por el reencuentro del nacionalismo canario. Unidos más fuertes. Y unos cuantos gallos para el corral.

Mayo del 68. Jerónimo Saavedra (Las Palmas de Gran Canaria, 1936) es profesor no numerario de Derecho del Trabajo en la Complutense. El joven socialista olisquea la sacudida vecina y suma vivencias que, con el tiempo, le convertirán en un líder sereno, ilustrado y bienquisto. Ahora es diputado del común desde su casa de Vegueta, pero quiere irse. Normal a los 82. Está cansado de carretas y carretones. De jornadas intensas y mil y una noches que orquesta Rimsky Korsakov en brazos de la turbadora Scheherazade. El retiro del guerrero que desplegó arcoíris subeptricios y aguantó la infidelidad (sin ira) de Manuel Hermoso, escaños altos y bajos, ministerios del Felipismo y una postrera alcaldía en su ciudad natal.

El caballero de Dios es hijo rebelde de la historia reciente y cercana. Inconformista, pionero, gentil y algo fugitivo, porta ideales que un día abrieron esperanzas de transformación, luchas para otro futuro. Y todavía las ansía. Seguro, aunque en el sosiego de un bello y tranquilo caminar mientras, en silencio, tararea cualquier aria que le ronde. La mamma morta, por ejemplo, de Umberto Giordano. Maravillosa.