Ilustración: María Luisa Hodgson

Una turista en bikini toma el sol en la flamante piscina del H10 de Adeje ataviada con una mascarilla y, seguramente, bajo el amparo de algún protector solar esparcido sobre la piel sonrosada. La imagen, publicada el miércoles 26 de febrero de 2020 en un diario nacional, transporta a la serie fotográfica de un grupo de bañistas socorriendo a marchitos migrantes recién llegados en cayuco a la ventosa playa de La Tejita, en El Médano, Tenerife. Distribuidas por la agencia Associated Press el 7 de septiembre de 2006, le valieron a su autor, el fotoperiodista palmero Arturo Rodríguez, el segundo premio del World Press Photo en la categoría de Reportajes. Algo así como también le sucedió a la instantánea del hombre del tanque que inmortalizó Charlie Cole en la plaza de Tiananmén en junio de 1989 y que también fue reconocida por el más prestigioso concurso anual de fotografía de prensa. Tres historias en tres décadas que trascienden. Crónicas de la realidad. Hallazgos sin alardes folletinescos. El mejor oficio que prendó a García Márquez no merece miserias ni adornos de dolce vita.

Se trata de estar en el lugar adecuado, en el momento preciso y disparar. Hasta que llegó su hora. Dosis de suerte, trabajo, renuncias y sacrificio. Es la labor del periodismo: informar con rigor y de lo que acontece en nuestro entorno social, cada vez más global. Luego, en los editoriales y artículos ya habrá oportunidad para opinar y analizar la cuestión. Maravillosa y absorbente profesión que exige competencia y honestidad, y empresas comprometidas con el necesario servicio informativo y el rechazo al contenido basura que contamina y engorda cuentas corrientes.

Hoy en día, más que nunca, necesitamos contadores de luz honda. Las redes sociales son una ventana abierta a la desinformación, al sensacionalismo reflejo de las mezquindades andantes que pululan por el Orbe. Escándalos. Lo que hay. Por eso hay que distinguirse con calidad y exigencia para que la comunidad discierna a quién acudir sin temor a caer en el estercolero de mensajes perturbadores, vídeos virales de baja estofa, intereses creados, injurias y demás infamias que no escribirá Borges. ¡Cómo nos gusta! Territorios sin escrúpulos, sin honra y con barcos apátridas.

La palpitante actualidad se viste ahora de COVID-19, la enfermedad infecciosa causada por un coronavirus, extensa familia hijoputa que infunde sufrimiento a animales y seres humanos. El brote empezó en Wuhan en diciembre de 2019 y ya se ha extendido a cuarenta estados. El director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advierte de una posible pandemia, implacable espada de Damocles. El Ibex-35 entra en pánico. La alarma se apodera en núcleos de población afectados. Supermercados famélicos. Y llega a Junonia y a Nivaria. Cuarentena al canto en un hotel de lujo que malcría a cerca de mil gozosos huéspedes de veinticinco banderas. Fastuosa torre de Babel en el paraíso. Y el sector turístico (monocultivo canario) tiembla. Las fuerzas vivas reaccionan. Burguesía avizora. No saquemos las cosas de quicio. En España solo se han detectado veinticinco casos y de ellos, solo uno es grave. Es verdad que en China han muerto más de dos mil setecientas almas amarillas y lejanas, pero no dramaticemos. Hablamos de un 0,00027 por ciento del censo de este populoso y hermético país dejado de la mano de Dios.

Y al calor de casa las bajas por acostumbramiento no angustian. La última campaña de la doméstica gripe causó seis mil trescientas defunciones. Y plin. Las víctimas mortales por violencia machista en lo que llevamos de añada asciende ya a trece mujeres. Rabia. Malditos. Y si nos atenemos al número de vidas ahogadas mientras intentaban cruzar el Mediterráneo en 2019, la cifra (fría y remota), subraya la Organización Internacional para las Migraciones, supera el millar. Pobres sapiens. ¿Qué estrenan hoy en Netflix?

Es sábado de carnaval y calima y apenas trasciende que sesenta y cinco cualquieras de un pueblo cercano a la ciudad de Maidiguri, en el noreste de Nigeria, son asesinados por bestias de Boko Haram, salvaje grupo yihadista que lucha por imponer una interpretación radical de la sharía (la ley islámica) y que ha liquidado hasta la fecha, según Naciones Unidas, a más de veintisiete mil prójimos distantes y negros.

Érase una vez… el coronavirus.