Ilustración: María Luisa Hodgson

Anochece y un grupo de jóvenes entra en una reconocida cafetería del centro de la ciudad. En la calle hace frío y el acogedor interior invita a reunirse en torno a una mesa. Cervezas y platos para compartir se consumen en animada conversa. Se está bien y el bullicio de las numerosas almas concurrentes se solapa con la música house que suena de fondo. Algo de la afroamericana Kim English. El ambiente cálido y jovial embauca. De súbito, alguien eleva la voz e increpa sin motivo aparente a quienes se han incorporado al local hace escasos minutos. Por fortuna, interviene un guarda de seguridad que invita a que el rabioso y leales abandonen el local. La sangre no llega al río pero el vigilante advierte que mejor demorar la marcha pues los violentos esperan en el exterior con ánimos poco amistosos. La velada finaliza sin más sobresaltos. Eso sí, los erasmus provenientes de varias universidades españolas nunca olvidarán el ataque xenófobo protagonizado por ultraderechistas austriacos. La Viena intelectual y cosmopolita no está exenta de indeseables. El Danubio parece que llora. Nacer en Europa al sur de los Pirineos se penaliza.

A bordo de una frágil embarcación 83 seres humanos (negros) avistan el faro de Punta de Rasca, el más meridional de la isla de Tenerife. Llevan más de una semana en alta mar después de cortejar con la muerte. Muchos no saben nadar y cerca de veinte son menores de edad. Partieron del norte de Senegal dejando atrás, quizás para siempre, a madres, padres y demás familiares. El titular del periódico los llama migrantes. La costumbre que cosifica y marca distancia. Luego, en el teléfono móvil recibimos el vídeo de dos adolescentes (negros) que beben botellas de zumo frente al lineal de un supermercado. Y la primera reacción es indignarse sin contemplar la posibilidad de que sea un bulo malintencionado o, simplemente, tengan sed, como bien pudo tenerla alguno de los 170 tinerfeños (blancos) que en 1950, tras arribar en el puerto de La Guaira, iniciaron camino en Venezuela en busca de una vida más próspera. El Telémaco, al igual que un cayuco contemporáneo, abría expectativas en la tierra prometida.

En la Línea 4 del Metro de Madrid, en el trayecto que transcurre entre las estaciones de Arturo Soria y Esperanza, tres adolescentes (dos de 15 años y una de 16) escupen e insultan. Las imágenes, publicadas en Twitter y difundidas por varias televisiones, no dejan lugar a dudas. Las hijas (blancas) del oso y el madroño escenifican la atrocidad del racismo hacia una pareja nacida en Hispanoamérica. “Panchito de mierda, eres un producto de un condón roto. En la selva no tienen condones”, humillan. Ultrajan por el origen cubano, mexicano, puertorriqueño, sudamericano… Otra crónica bárbara que denigra a la humanidad.

En estas, The New York Times publica un estudio en el que clasifica por razas a las 922 personas más poderosas de Estados Unidos, concluyendo que el ochenta por ciento es de tez blanca. Y en España molesta. El white no contempla el made in Spain o descendientes. Basta con que el apellido suene a hispano para considerarlo un no blanco. La ideología woke, que cambia la lucha de clases por la lucha de identidades, se hace fuerte con Donald Trump, aunque en todo esto también subyace una gran dosis de aporofobia, neologismo acuñado por la filósofa Adela Cortina que da nombre al miedo, rechazo o aversión a los pobres.

La estupidez del supremacismo blanco o anglosajón o ario o canario sigue pujante inmersos en una sociedad cada vez más multirracial y en una pandemia que mata por igual.