Ilustración: María Luisa Hodgson

Esperamos, frágiles, a que las 29 vacunas contra el coronavirus que están en ensayo clínico surtan efecto. Seis de ellas se encuentran en Fase 3, la etapa en la que se testa su eficacia y seguridad a través de pruebas en miles de personas. La de la Universidad de Oxford es la que genera más confianza. Según la Organización Mundial de la Salud una vez se apruebe podrán fabricarse hasta dos mil millones de dosis, insuficientes para una población mundial que multiplica por cuatro esa cifra. El ministro de Sanidad, Salvador Illa, confía que en diciembre ya se puedan administrar en España las más de treinta millones de dosis que ha comprado el Ministerio. Entonces, si se diera el caso, el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, con Fernando Simón a la cabeza o bajo el agua con Jesús Calleja (¡qué cosas!), deberá distribuirlas entre los grupos prioritarios según la estrategia conjunta diseñada en el seno de la Unión Europea. Esto es, personas mayores o con patologías previas, y quienes desempeñan servicios esenciales. Se trata de evitar, como apuntaba hace unos meses en la revista Fama el octogenario escritor Alberto Vázquez Figueroa, que en la primera fila se acomode la fauna política (“¡Dios nos libre!”) o la gente rica. De todas formas, imagina por un momento que la operación vacuna fracasa o se dilata en el tiempo más de lo debido. Si así fuere, la mascarilla se erigirá en complemento principal del fondo de armario. A mediados de los cincuenta del siglo pasado el sujetador adquirió protagonismo al popularizarse su uso entre las mujeres. Ahora, setenta años después, en el 2020 de la pandemia y del no bra, la novedad recae en el molesto trozo de tela pegado a napia y boca, algo así como la nariz de Góngora satirizada por Francisco de Quevedo en su célebre soneto. La mascarilla unisex, tendencia obligada, en lo más alto del streetwear.

Entre tanto, imagina que el cierre temporal del hotel GF Fañabé se convierte en permanente y que tras él caen el Victoria, el Gran Costa Adeje, el Isabel y el Noelia. Imagina que Victoria López, la presidenta del Grupo Fedola, ante el derrumbe del sector turístico, retoma el comercio de papas e higos chumbos que hizo próspero a su padre, Fernando, y a su tío, Domingo. Imagina que el territorio posnuclear del otrora ejemplar Ten-Bel, que ayudaron a realzar los arquitectos Javier Díaz-Llanos y Vicente Saavedra, se extiende al resto de Tenerife. Imagina que la desnudez perroflauta domina el paraíso entre hogueras, pieles de cabra, tambores y maría.

Imagina que en este escenario distópico se cumple el deseo del plurinacional y neocomunista Pablo Iglesias (engomado con moño y pendientes de cáscara de coco) y la Tercera República reina en la convulsa patria nuestra, que el PSOE de Felipe González y el Partido Popular caen en desgracia y no vuelven a formar parte del Gobierno para gloria de Frankenstein y de la revolución bolchevique, que los medios de comunicación se nacionalizan, que Cataluña, País Vasco y el Condado de Treviño se independizan, que Echenique, Puigdemont y Otegui honran la memoria de la Pasionaria, Lluis Companys y Sabino Arana en un reinventado Valle de los Caídos, y que Canarias empuña añepas a la sombra del Ach Guañac de Luis Morera. ¡Ay! Que bien sienta leer de nuevo al poeta (y además) Benedetti cuando en Gracias por el fuego dibuja a los indios y rostros pálidos contemporáneos: “El problema no es que ustedes sean de izquierdas y ellos de derecha. El problema es que unos y otros pertenecen a una generación debilucha, novelera, frívola, habituada a pensar en frases hechas, incapaz de pensar por su cuenta”. Demasiada Vanity Fair.

Imagina el mundo imposible que cantó John Lennon y deliró Yoko Ono. Imagina que todo se va al carajo…

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