Ilustración: María Luisa Hodgson

“Cuéntame un cuento y verás que contento” cantaba Celtas Cortos cuando uno peinaba acné. Los cuentos de la banda de rock seducen, como ese de las tres princesas que se perdieron en Italia y llegaron a Jamaica para ponerse hasta el culo de bailar reggae en la playa o el de la enanita junta globos que vuela por los aires. En estos cuentos y otros merece la pena evadirse. No en los que cuenta Pedro Sánchez y compañía mísera en lo suyo. Y basta. No perderé una letra más en afear el cuento. Ese conquistador que ronda estos días en el apacible pueblo de Los Silos, en Tenerife, una isla canaria del Atlántico que queremos y que pierde a hijas e hijos que también queremos y se van en un soplo. A la vejez viruela. Toca. Toca despedir a toro pasado al abogado Pedro Ravina, que lidió con el territorio, el paisaje, las lindes, los planes parciales y generales y su puta madre urbanística. Años felices e intensos en el Colegio de Arquitectos que fue vanguardia y trasteaba lo que había que trastear para que la política y sus habitantes no enturbiasen. No ensuciemos. Volvamos a Perico Ravina y a las tres princesas que se ponían hasta el culo… Ja, ja, ja… Ahora me metería entre pecho y espalda un yintónic con lejía. Ja, ja, ja… Voladas de macho alfa que ríe e imagina con una guapa payasa que embelesa y… Y el calvo pajuno que importuna. Otro cuento para Celtas Cortos y Bisontes y Kruger que ya no se fuman porque son historia y el tabaquero Eufemiano Fuentes, que murió descuartizado en su chalé (más bien palacete) de Santa Brígida, no está para contarlo. Y toca despedir a Alberto Delgado que se quedó con lo bueno de CajaCanarias. La cara oculta, preferible no mentarla. No entremos. Ya la tapó La Caixa que ahora es Bank. Antes que la cueva de Alí Babá, mejor un acorde en el piano de Polo Ortí, alguna tela de Cristino de Vera, un retrato en blanco y negro de Poldo Cebrián o un cuento sin mascarilla que entone el trovador Ernesto Rodríguez Abad en el callejón de El Chorro de Los Silos. La cara vista de la cultura llora.

Este diciembre no fantasearé en Los Silos. No me sentaré en el suelo del patio del antiguo convento de San Sebastián ni me recrearé ante la obra del arquitecto Mariano Estanga ni me acercaré al charco de Los Chochos. Podría ir en bicicleta eléctrica desde los aguacateros de mi natero pero la rotura fibrilar del gemelo derecho no aconseja riesgos al pedal. Lesión de viejuno en la pija pista de pádel de María Jiménez entre mangueros y un gallo que siempre canta después de fallarla tres veces. Y no es cuento chino. Tampoco he ido ni iré a la Feria del Libro de Santa Cruz que no me inspira. No pilla tan a trasmano como Los Silos pero casi. Será el soso aparcamiento del Palmetum. Será que hace frío y soy un friolero aunque luzca la chula chupa de cuero que compré en Buenos Aires por medio peso. Eso sí, lamento no haberle chocado el puño a Andrea Abreu que anda feliz con los zapatos nuevos de su Panza de burro. Ya me firmará su exitoso libro en otra ocasión más cálida y con un saludo más cálido. Tocarse los nudillos de la mano o los codos, pues no. Hay momentos en la procelosa vida que el afecto pide algo más. Maldito bicho.

A Ernesto Rodríguez Abad, el director del Festival Internacional del Cuento, lo tengo más visto y, por el momento, no pretendo con él lujuria de abrazo. Si echaré de menos el flirteo de sus palabras cercanas. Está como un pibe de veinticinco años aunque llueva a cántaros, la pandemia estrangule aforos y el toque de queda apague luciérnagas. El veinte veinte ha traído unas bodas de plata en calma a la Isla Baja, ilustrada, siempre, de encanto y tesoros. Menos mal que vendrán de nuevo aguaceros de leyenda a la luz del Sol y la Luna. Los necesitamos.