Ilustración: María Luisa Hodgson

La profesora Pilar AramburuZabala (Autónoma de Madrid) confirmó esta semana en la Universidad de La Laguna un aserto que ya tenía claro pero que siempre viene bien reafirmar para que no caiga en el olvido: el fin último de la educación es contribuir al bienestar de la humanidad. Así planteado, esta loable intención que nadie cuestiona, como la tan mentada de la paz en el Mundo, podría parecer inalcanzable para el común del cuerpo docente enfrascado, habitualmente, en el cortoplacismo del día a día. No obstante, hace tiempo que mentes pensantes y comprometidas se afanan para incorporar la responsabilidad social a las aulas universitarias. Es el caso del profesor Francisco Javier Amador en nuestra querida ULL. Gracias a él más de treinta colegas se instruyen en la metodología del Aprendizaje y Servicio con el objetivo de que sus estudiantes asuman el reto de transformar la sociedad desde la Academia. Se trata de formar a una ciudadanía reflexiva y competente capaz de entender la vida desde otra perspectiva. La propuesta educativa se enmarca en la denominada Responsabilidad Social Universitaria, innovación para la solución de conflictos en la comunidad mientras se adiestra y alecciona.

Urge huir de la atomización de la actividad académica. Las torres de marfil, las mezquindades sindicales que solo buscan el beneficio personal (qué hay de lo mío) y las endogamias que ensucian no casan con la nueva realidad de la gestión del conocimiento y del aprendizaje. Lástima de rumiantes. Estímulo para, en sintonía con el magisterio transformador que propugnó el pedagogo y filósofo brasileño Paulo Freire, arrinconar la mediocridad con abundancia de activismo positivo que allane dificultades, impulse proyectos y atienda desafíos. Apasiona. No se contempla no poder no ayudar.

Junto a la planificación, la ejecución y la evaluación, la comunicación se erige en pieza esencial del engranaje que mueve el compromiso con el entorno. Por eso juega un papel fundamental la formación del alumnado que en el futuro se dedicará al periodismo y a la gestión de la comunicación en las organizaciones. La sociedad necesita saber que hay gente, cada vez más, que quiere, desde su esquina más próxima (el partido se juega en casa), erradicar la pobreza, promover la agricultura sostenible, garantizar una vida saludable, asegurar una educación de calidad inclusiva y equitativa, desarrollar oportunidades de aprendizaje, alcanzar la igualdad real entre mujeres y hombres, favorecer la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento, predisponer al acceso de energías asequibles, fomentar el crecimiento económico sostenido y la práctica profesional decente, reducir las desigualdades, tomar medidas para combatir el cambio climático y sus efectos, comprometerse con sociedades pacíficas, proteger a las personas desfavorecidas… El conjunto de los 17 objetivos de desarrollo sostenible y 169 metas adoptado por la ONU para resolver los problemas que afectan al Mundo no pilla lejos. Difundir lo que hacen equipos de trabajo concienciados es de vital importancia, labor que, por ejemplo, ya ha integrado a su plan de acción el LabCom de la ULL, grupo de investigación multidisciplinar en las áreas de Ingeniería Informática, Comunicación, Lengua y Economía.

El filósofo Francois Vallaeys (Universidad del Pacífico, Perú, y director educativo de la Unión de Responsabilidad Social Universitaria Latinoamericana), también ponente en el curso dirigido por FJA, habla de la Ética 3D, esto es, virtud, justicia y sostenibilidad. Difícil no apuntarse a ella desde la Universidad, difícil no cuidar a la institución que debe desempeñar un papel esencial en el cultivo y transferencia de tantas cosas buenas.

Inmersos en la cultura del relativismo moral, muy extendida entre el poder político y financiero, fauna digital y feligresía fofa, hoy parece más necesario que nunca que quienes formamos parte de la Enseñanza Superior demos un paso adelante.