Ilustración: María Luisa Hodgson

Bach compuso sus famosas Variaciones de Goldberg para aliviar el insomnio del conde Kayserling, embajador ruso en Dresde. El conde quedó tan encantado que recompensó la obra maestra con un vaso de oro y cien luises de oro en su interior. Doscientos ochenta años después de que se publicara esta embaucadora melodía escrita para un clave de dos teclados, el insomnio sigue dando quebraderos de cabeza. Puñetero trastorno que, en la actualidad, se combate con pastillas o se sobrelleva escuchando al Pulpo en la Cadena Cope. Desconozco si habrá alguien que en horas de desvele se refugie en la música del Barroco o en el contemporáneo reguetón, que de todo hay. El caso es que las Variaciones son un regalo para el oído, sea cristiano o ateo, aunque bien es verdad que la suma belleza (atributo divino) solo se goza plenamente en territorio celestial.

Embelesa recogerse en el acorde y dejarse llevar por su cadencia. Eso sí, reniego de los auriculares a las dos orejas pegados. Ensordecen. Aíslan de la realidad inmediata tan necesitada de miradas, afectos, abrazos, complicidades. No obstante, considerando como está el patio, antoja el desconecte, pero no así. Mejor retomar el toque de la batería a propósito de la oferta lanzada por el cirujano chingón Armando Dávila. Él y su banda de cabrones buscan quien maneje baqueta y escobilla, buscan el picante que le falta a la michelada. La ocasión merece la pendejada de dejarme bigote, barba o melena. O todo a la vez. El caso es que la guitarra Grestsch del doctor no rasgue desarropada. Tendré que ponerme al día y retomar clásicos arrinconados. Buena ocasión para estrenar tocadiscos y desempolvar vinilos. El regalo vintage de mi hija María viene al pelo.

Y entre compases y efervescencias el lienzo asoma. Ese que cuelga y miras y remiras. Y pones de nuevo los ojos y no te cansas. Vanguardias artísticas que atesoras en las paredes. Y también piezas de piedra, madera o metal, como el flaco pianista y sus chupados maestros de jazz que me sedujeron en Caminito una mañana bonaerense o las series que produjo el Colegio de Arquitectos cuando la cultura en su hormigón era una delicia. Por cierto, tengo pendiente sumar a la colección alguna imagen del jardín caligráfico de Ernesto Valcárcel. Aquellos paisajes inventados de letras agitaron en 2003 y todavía hoy florecen en tierras de deseo. Su nuera, Milena Trenta, romana aclimatada en torno al Botánico del Valle, se erige ahora en atajo perfecto para colorear un nuevo espacio doméstico. Junto a él, si resulta, engancharé una tela de Máximo Escobar (Puerto de la Cruz, 1903 – La Orotava, 1985) que cae del cielo, porque en el Mundo todo cabe: lo abstracto y lo figurativo. Uno que es ecléctico. Y frente a las obras, absorto, melancólico, sentiré a Ezio Bosso (que ahora descubro) entre amargo y dulce. Bitter and Sweet.

La poetisa y escritora Cecilia Domínguez recita con mascarilla en Tenerife Espacio de las Artes. El agrado sacude después de la somnolencia previa que aturde. Como una hormiga díscola rompo la fila… Me inspira el Bestiario de la Premio Canarias de Literatura 2015.

La presentación de la compilación de sus veinte mejores poemarios gracias a la colección Biblioteca Manuel Padorno, que edita la Academia Canaria de la Lengua, me acerca a la poesía, a las bellas artes, a unas tersas palabras que son como el Árbol de Luz que Padorno plantó una vez en la orilla de su playa de Las Canteras.

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