Ilustración: María Luisa Hodgson

Apretó mi mano. Fuerte. Una y otra vez. Papá apretó mi mano. Estaba cansado. Tenía que estarlo. La vida, al final, cansa. La vida se cansa de tanto vivirse. Y de tanto querer. Porque si no se quiere no vale la pena sufrir y cansarse.

Papá apretó mi mano. Le quedaban fuerzas después de tanto bien y de tanto gastarse. Mejor que mirarse. Mirarse no cansa. Hastía y rompe. Apaga la luz de medianoche.

Papá tiene el pelo negro. Siempre lo tuvo. Un pelo fuerte que de joven parecía cepillo. Ya no se ríe. Ya no te mira. A veces abre los ojos. Poco. Y parpadea. Poco. Suficiente para cogerle la mano. Y hablarle segundos y decirle. Y le acaricias y te arrimas y le hablas de nuevo y le quieres. Si no se quiere no vale la pena sufrir y cansarse.

Fácil quererle. No esperas nada a cambio. Respira y duerme. Es una siesta más larga que las de casa. En casa la siesta tenía su tiempo. En San Juan de Dios, no. En San Juan de Dios la siesta, al final, dura todo el tiempo.

En la cama del Hospital Papá no se mueve y se ha olvidado de comer. Antes de olvidarse comía como un sabañón y en el ínterin, a veces, también. Está delgado. Pasa cuando estar vivo es como un chicle que se estira. No recuerdo ver a Papá masticar chicles. Antes de olvidarse siempre fumó puros Vargas. Después lo dejó. Por eso, cuando alguien fuma puros y huelo el humo del tabaco, pienso en él. Me gusta el aroma del puro.

Papá nunca pareció un anciano. O eso me parecía a mí. Ahora, el pobre, tiene mala cara, como cuando uno está en cama con fiebre. Pero él no tiene fiebre. Debe ser que está cansado. Antes mascullaba palabras. Ahora no se le oye. Duerme todo el día. Debe estar ya en el Cielo. Alguien me dijo una vez que el Cielo es un paraíso en donde siempre tienes sueño, siempre estás durmiendo y te despiertan de vez en cuando para decirte que sigas durmiendo. A Papá, de vez en cuando, le acicala personal sanitario que, amablemente, nos invita a salir de la habitación. Luego, cuando volvemos, tiene los ojos abiertos. Poco. Y parpadea. Poco. Después sigue durmiendo.

El silencio. Solo un ronroneo vital rompe el silencio. Te acostumbras. Al final no lo oyes. Solo oyes la presencia y el silencio de las eternas apneas de silencio.

Dicen que el tacto es el último sentido que se pierde. Tiene las manos frías. El desenlace es inmediato. Pasan las horas. Papá se aferra a las sábanas y al amor que siente. Fuera destempla con calma y la calma serena la espera. No hay prisa. Ya nada desvela. Nada perturba. Sosiego. Le decimos que en Casa todo bien. Sigue tranquilo.

Resiste a la mañana, a la tarde y a la madrugada. No quiere irse. En la capilla de San Juan de Dios, en la planta de su arcángel San Rafael, el Pange Lingua reconforta, trasciende al alma. Sola fides súfficit. La polifonía pasa por encima del tic tac. Yo tampoco quiero irme. Me quedaría siempre. Me dormiría siempre.

Adiós a la vida. En un respirar se para la vida. Amanece y las flores de mayo velan. Después no le veremos más. Después.

Lloras con Mamá y las Niñas.

Vuelves solo. Estás solo.

De nuevo con el arcángel, cerca de la habitación 306. Imploras como un niño. Y te agarra. Papá te agarra. Como aquella vez para no caerte. Y te duermes, como un peregrino, con el caballero Tannhäuser.

Nada desvela. Nada perturba. Duermo de nuevo en el asiento de atrás del coche. Anochece en la carretera de La Esperanza. Papá conduce. Regresamos a Casa. Sigo durmiendo.

Aleluya. Para siempre.