
Ilustración: María Luisa Hodgson
¡Ay! Australia. Quién lo iba a decir. Aunque, la verdad, el territorio más extenso de Oceanía suele estar en el imaginario de quienes asientan posaderas en sus antípodas, especialmente durante la infancia y juventud. Luego el hilo se lía en una madeja cuerda y equilibrista, la voluntad calienta las sábanas de andar por casa y el coraje olvida cabalgar sobre las olas gigantes de Tasmania.
Waltzing Matilda, la canción más conocida de Australia, compuesta en 1895 por el poeta Andrew Barton Paterson, abrió la espita de la curiosidad a la isla de los wallaby. Sonaba en la cabecera de la serie El Valle Secreto, emitida por Televisión Española en 1982. Entonces, dos cadenas complementaban el ocio alegre y desnudo con la lectura, los dibujos de sueños y la mercromina. La basura mediática y la pandemia de las plataformas sociales no estropeaban a grandes y menores. Nadie escapa. Además, los últimos coletazos de la Transición daban ejemplo de convivencia. Nada que ver con el inhóspito escenario de hoy en día, poblado de pelotones de fusilamiento por un minuto de gloria y verdades ideológicas sin Antonio Machado. Aquel campamento de verano en 625 líneas cuajaba el cerebro de felicidad.
Entre retretes, monsergas y serrín, mejor ganar instantes con Jorge Manrique. ¿Desánimo? Solo cruzar el túnel maltrecho y mantener las lágrimas queridas que achuchan lo que concierne. La primera copla por la muerte de su padre recuerda (¡y no te enteras!), la fugacidad de lo nuestro: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando, / cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado / fue mejor”.
Las piernas lampiñas y el pantalón corto quedaron en el patio. El pavo graznaba y sin despeinar la cresta conectaba el acné con el uniforme colegial de Angus Young y su velocidad de dedos en el traste de la eléctrica. La banda de rock AC/DC acercaba de nuevo Australia al Teide dormido. No había vuelta atrás: adrenalina, truenos y temblores de rodilla.
Tampoco fue una broma Bee Gees. Los hermanos Barry, Robin y Maurice Gibb dejaron atónitos a amantes y a atardeceres en Queensland. Miramos al cielo y nos caímos de la cama. A veces los momentos son para siempre, como el abrazo que nos dimos, una primera tarde de julio, frente a la Catedral de La Laguna. Luego, como Travolta en Fiebre del sábado noche (1977), nos soltamos los puntos de sutura. Stayin’ Alive.
Una década después de los sudores discotequeros, el éxito mundial de la película Cocodrilo Dundee dejaba de lado al canguro boxeador. Paul Hogan exportaba el country australiano a la alfombra roja de Los Ángeles y sacaba del ostracismo a los primeros habitantes de su país tras la devastadora colonización británica. Pero no fue hasta las Olimpiadas de Sidney en el año 2000 cuando la aborigen Cathy Freeman hizo historia al encender el pebetero olímpico, ganar la medalla de oro en la prueba de 400 metros lisos y dar la vuelta de honor al estadio. En la actualidad, a pesar de los esfuerzos por la conciliación, las comunidades indígenas continúan más ligadas a la naturaleza que a la sociedad occidental que menoscabó su identidad. ¿Dónde está la luz?
Dicen que las estrellas que cuelgan sobre Australia están más cerca de la Tierra. Así lo siento desde que hace una semana las semillas del palo de lluvia pintan de armonía el firmamento de mi lugar atlántico. Cierro los ojos y su banda sonora calma el aire, el aire que nos trajo Carmen de Byron Bay.
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