Ilustración: María Luisa Hodgson

Le faltó poco para sollozar. O, por lo menos, para que flaqueasen piernas y se quebrase la voz. Faltó poco. Habló de su hermano y de su madre y de quienes vivían al lado, enfrente, arriba y más abajo. Recordó historias, abrazos y maguas. Habló de vidas sepultadas por el volcán. Describió lamentos, estados de ánimo inconsolables, lágrimas intensas, inacabables. Y reniegos, juramentos… Y algún rezo de bienaventuranzas. Contó la caminata solitaria de noche para oír, solo, el retumbar profundo y maldecir su maldita suerte ante un abominable paisaje de fuego y lava. Trasladó miradas perdidas y malencaradas con la visita amiga de buenas intenciones. En silencio escuchamos hasta que se hizo el silencio. Y en silencio nos pusimos en la piel distante de una cumbre vieja.

Pero el infortunio palmero, que alguien ha asemejado con el Infierno, no está solo. La expansión de la variante delta-plus de la Covid-19 amenaza de nuevo la resistencia mundial, otra evidencia más de un cúmulo de azotes que están cayendo de un tiempo a esta parte sobre Sodoma y Gomorra, antes un paraíso llamado Tierra. O así pinta la actualidad el tsunami informativo (y desinformativo) que nos llega a todas horas a la pantalla que tenemos más cerca.

El temor a un desabesticimiento global también acojona. Tanto que en España las materias primas y productos semielaborados escasean, lo que ha originado que lo poco disponible se venda a un precio desorbitado, el más alto desde 1977. Y la luz, por las nubes. La cesta de la compra que sube. La clase empresarial y los hogares temblando con la que se viene encima. Y Navidad, con sus luminiscencias de Navidad, a la vuelta de la esquina. Blackout. ¿Te imaginas? Por el momento, en Austria ya se están preparando para el apagón mundial a través de una campaña institucional que exhorta a que la ciudadanía haga acopio de velas, combustible, baterías, conservas, agua potable… O sea, como la tormenta tropical Delta aquella que a finales de noviembre de 2005 nos dejó, aquí en Tenerife, sin suministro eléctrico. En algunos casos, hasta una semana.

Éramos pobres y parió… No es entelequia. En España son ya once millones las personas que se encuentran en situación de exclusión social. De ellas, cerca de seis millones son pobres, pobres de verdad. Un cincuenta por ciento más que en 2018 según Cáritas y la Fundación Foessa (Fomento de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada). Y nos pilla cerca. Canarias es la comunidad autónoma con más pobreza severa. Chochos y moscas.

Mientras, gobiernos de todo el Mundo, a excepción de Brasil, China y Rusia (estos dos últimos países, los más contaminantes del Orbe), debaten hasta el 12 de noviembre en Glasgow sobre cómo frenar el avance de la crisis climática. Otra crisis más. La sociedad posapocalíptica está cerca y no parece que será después de una guerra nuclear. El ataque preventivo de la URSS quedó en los ochenta, en la canción de Polanski y el Ardor. Aunque nunca se sabe con Kim Jong-un, su inquitante hermana, Kim Yo-jong, y la Orden de los Illuminati. Más bien resultará de una megahecatombe ecológica, de la rebelión de las máquinas (Sarah Connor ya nos advirtió), del impacto de un asteroide, de una invasión alienígena sin Tom Jones, de una parálisis cerebral conjunta tras el asalto al poder de ofendiditas y ofendiditos, gilipollas y gilipollos, de un hackeo planetario paralizante, de un gran orgasmo cósmico, de una amenaza biológica sin precedentes saliente de la Corporación Umbrella, de la irrupción letal de roedores de aspecto gigantesco (RAG) o del avance implacable de los Cuatro Jinetes. ¿Quién quiere vivir para siempre?

No dramaticemos. Afortunadamente, en ese futuro distópico siempre nos quedará Max Rockatansky. Y no frivolicemos. La realidad supera a la ficción. Que se lo digan a Alec Baldwin.

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