Ilustración: María Luisa Hodgson

Quienes pertenecemos a la generación del Baby Boom asistimos, de un tiempo a esta parte, al frenético etiquetado de nuevas incubaciones de jóvenes: X, Y, Z, Millennials, Posmillenials y la más reciente, Pandemials. Todo va muy rápido. Especialistas en Antropología, Sociología, Psicología… establecen en sus despachos universitarios continuos patrones de conducta para publicar en revistas de impacto con el propósito perverso (haberlo haylo) de escalar en el escalafón académico o alimentar el ego en congresos endogámicos de escasa transferencia social. En este contexto intelectualoide caracterizado por la disrupción de la digitalización se evidencia que, en general, el alumnado que se ha incorporado a la Universidad tras sufrir el Confinamiento de 2020 a causa de la pandemia por la Covid-19 ha llegado con muchas carencias formativas. El mundo sesudo achacará esta realidad a la influencia de mil y un factores hiperconectados (seguramente están ahí) recogidos en artículos de obligada lectura para dormir la sobremesa, pero si escarbamos un poco en el día a día de la docencia reciente impartida en Bachillerato no son pocos los testimonios que reconocen que durante los cursos 2019-20 y 2020-21 se regalaron los aprobados después de que el profesorado recibiese órdenes de los departamentos que recibieron órdenes de los equipos de dirección que, a su vez, recibieron órdenes de la Consejería de Educación ocupada por personal asesor y político acostumbrado a vivir del cuento y a quitarse el muerto de encima. El resultado salta a la vista y aquellas pobres criaturas que se pasaron horas y horas pegadas a la Play o al teléfono móvil (arma de distracción masiva) pueblan, en la actualidad, las aulas de nuestra Enseñanza Superior para tormento de enseñantes. Y lo más grave, pasaron esas interminables jornadas ociosas con el consentimiento de progenitores pusilánimes y la apatía de una instrucción hastiada que no sabía qué hacer con su lumbalgia y caía angustiada en un apagón pedagógico, en el que todavía, una mayoría, continúa instalada.

A este hecho puntual que afecta a la preparación de los cuadros profesionales que deben enfrentarse al mundo global hay que sumar la creciente falta de actitud y compromiso con el esfuerzo que transmite la juventud, no sé si millennial, posmillenial o pandemial. El caso es que el cóctel no alienta. Y la preocupación crece cuando el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud alertaba en 2019 (todavía sin pandemia) del crecimiento de los problemas mentales (veinte puntos más que en 2017) en su población de estudio, erigiéndose el suicidio como segunda causa de muerte tras los accidentes de tráfico. Las cifras no engañan y perturban especialmente al habitar en una época identificada (paradoja) con el bienestar del ser humano. ¿Qué estamos haciendo mal?

Y ahora resulta que Rusia ataca a Ucrania y de nuevo en crisis los principios humanistas y racionales. Por enésima vez calificamos con pesimismo la evolución del Homo sapiens sapiens empeñado en construir paisajes desolados por la barbarie. ¿Sociedad civilizada? Incluso, la revista Time titula su última portada con “Regresa la historia” sobre la fotografía de un tanque ruso, en clara alusión al ensayo que el politólogo norteamericano Francis Fukuyama publicó en 1989 en donde esgrimía el fin de la historia tras el triunfo del liberalismo occidental y la caída del Muro de Berlín.

El frágil universo pandemial no gana para disgustos. Acostumbrado, según apunta el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, a un mundo neutro donde prima la cultura narcisista del like y del selfie, sus protagonistas deben reaccionar si no quieren caer en el abismo de la depresión u otros trastornos. Lo malo es que las redes (anti)sociales generan soledad y no resulta fácil el acceso. Otro reto para la Universidad y dolores de cabeza e innovación para el cuerpo docente. Articular estrategias que ayuden a desarrollar personalidades parece esencial si queremos alcanzar, también, los objetivos competenciales.