Ilustración: María Luisa Hodgson

«No puedo quererte porque no puedo tenerte», le dice Robert Kincaid, fotógrafo del National Geographic, a Francesca Johnson en un atardecer amante y clandestino entre puentes de Madison cómplices de rubores, confidencias y abrazos. El fotógrafo se ve incapaz de retener la mirada. La cámara Nikon se escapa de las manos. Al final solo queda el recuerdo, una angustiosa lluvia y un semáforo en rojo. Paradoja para el nómada que captura los paisajes a través de una lente. En la vida real, fuera de las páginas y del metraje, Annie Leibovitz (fotógrafa de Rolling Stone, Vanity Fair, Vogue…) tampoco pudo atarse a su querencia más querida, pero sí retrató para siempre el adiós. El último tránsito de la escritora Susan Sontag quedó en papel.

El arquitecto Virgilio Gutiérrez necesita, igualmente, la fotografía. Y el arte, la creatividad, la arquitectura, el paisaje… en la frontera. Su esencia es implicarse y transformar la costumbre. Por eso, de nuevo, agita la rutina y nos regala una exposición en La Cámara, un taller de fotografía (que descubro) en La Laguna. Lo dirige Miguel Ángel Roldán, fotógrafo y hacedor de historias impresas, como la imagen en gran formato de unas herramientas de carpintería con polvo y memoria que detienen el tiempo nada más entrar. Miramos y vemos existencia, aliento y espíritu en ocre. Luego, al fondo, una ventana enmarca un paisaje interior. Y en la pared blanca, una colección de 42 fotografías de recuerdos en el límite entre lo íntimo y lo público, entre la arquitectura y el paisaje. Virgilio Gutiérrez nos lleva a su terreno (“ir y venir, indagar sobre cómo construir en la Isla y sus paisajes”). Lógico. Pero, además, a la reflexión personal que analiza, diseña, critica y zarandea la rebeldía.

La colección empieza con un retrato del arquitecto Eustaquio Martínez realizado por Mariel Rufino. Se tapa la cara, no se distinguen sus facciones. Es como si le turbase intervenir en el espacio. Eustaquio Martínez también está, implícito, en la última fotografía (la 42). Participó junto a otros técnicos en la remodelación del Hotel Mencey, alojamiento y edén en medio del entorno urbano. El arquitecto, tras la turbación, se destapa en la obra. Principio y fin. Y en medio, el proceso creativo.

Otro retrato enriquece la Muestra fotográfica. La cabeza pensante de José María Rodríguez-Pastrana flota en la caverna de la duda. El recordado arquitecto ya fallecido revive gracias a Poldo Cebrián. Pero José María nunca se ha ido. Su obra, junto a Felipe Artengo y Fernando Martín Menis, siempre estuvo comprometida con el territorio. Deuda vital que exige y no se conforma. Otear y encontrar, como las polaroid de Lluis Casals que se recogieron de una papelera. Hoy, esas fotografías de 1998 lucen en marco para iluminar las maquetas que concursaron para ser Muelle de Enlace de Santa Cruz de Tenerife.

En la Colección también hay paisajes equívocos: la iglesia sobre la colina en el rodaje de Mararía en Lanzarote es un montaje (cartón piedra). El director de fotografía, Juan Antonio Castaño (Mengue), juega con la mirada. Cuestión de perspectiva. De igual forma, están los paisajes epidérmicos: el retrato de una joven de la tribu Surma en Omo Valley, Etiopía (Alberto del Hoyo), evidencia la fragilidad del cuerpo. Cuestión de estética. No obstante, siempre hay algo más detrás de la superficie, de la primera percepción. Se vio en 2004 en el Colegio de Arquitectos. La artista francesa Orlan exhibió, próxima a las curvas de la Lady de Chirino, su piel como superficie de trabajo. Arquitecturas, paisajismo. Volvemos a las miradas. Volvemos a Miguel Ángel Roldán y a una magnífica fotografía en el Museo del Louvre de París. La gente (multitud) le da la espalda a Las Bodas de Caná de Paolo Veronese para centrarse en la Monna Lisa de Leonardo da Vinci. Parque temático.

Y de regalo, un paseo por la Isla, diez casas y un pabellón en el jardín.

Fuera de todo ruido, anota Virgilio.