¿Qué es lo importante? ¿Dónde ponemos el rasero? Probablemente lo único crucial llegará después del último suspiro. El resto de mortales proseguirá con sus disquisiciones, recelos, esperanzas, groserías y soberbias.

De nuevo en septiembre la pedagogía y su cohorte endogámica persistirá un curso más sembrando la enseñanza hispana de hastío docente y aprobados indecentes. Hace tiempo que la educación ha entrado en un túnel sin salida. Pobre adolescencia que, además, vive sometida a la presión de las redes sociales, espejo de una sociedad escéptica, existencialista, hedonista e ideologizada: campo abonado para divanes de psicoanálisis. ¡Ay! Qué difícil la vida con quejidos, obsesiones y la fragilidad del cristal. En el fondo, si escarbas un poco, obstruida por pozos de tristeza. Y en este batiburrillo, la filosofía occidental se hace cuesta arriba. Lógico cuando no hay tiempo para pensar en lo sustancial: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy? Las series de Netflix, el coñazo del trabajo, el gimnasio, mi complacencia, lo LGTBIQ+, la bolsita para el excremento del perro… no dejan tiempo para el pensamiento crítico. Por eso, mejor el Mindfulness o la meditación zen orientada a reencontrarse consigo mismo. Y de paso, alimentación vegetariana, vegana y mal humor.

A falta de papas, a causa de la avaricia de empresas importadoras y grandes superficies, está el plátano o el aguacate, si bien la rentable fruta verde todavía está en el árbol. En unas semanas estará lista para la recolección y consumo previo paso por el negocio intermediario. Si el ser humano no come es una piltrafa, un deshecho. Sin embargo, de nada vale el condumio y la paz de espíritu si en el Tranvía coincides junto a una basta doña que pega la hebra en el teléfono móvil (manos libres) y agría el viaje al respetable con las gilipolleces de Chaxiraxi y la gentil madre que la parió. Al igual que MetroTenerife ha dispuesto un área para chuchos con bozal, debería habilitar un vagón para ganado. Otra cosa es que al terremoto entre la Gran y Nivaria le dé por arrimarse y arruine la fiesta. Aunque no sé qué es peor. Menos mal que el pino canario renace de sus cenizas.

Según la Guía de adicciones comportamentales de 2023, la población española pasa casi dos horas y media al día conectada al móvil, mientras que el cincuenta por ciento de la juventud entre 18 y 24 años permanece más de cuatro. Hemos dejado de conversar. Antes se dialogaba en la cocina con tostadas y mermelada. Ahora te las dan con queso en la X de Elon Musk y en el resto de plataformas. Interactuar con arrobas no es conversar. Hablar del tiempo en el ascensor ha perdido la poética. No usamos sombrero, caminamos con la mirada gacha y chocamos contra las farolas. En las pantallas hay soledad. Los quioscos ya no se sonrojan con las portadas de la revista Lib. Las tetas no son peras. Son píxeles hirientes que violentan a niños y niñas en columpios deprimentes, neblinosos. Trágico óxido carmín.

En la Biblioteca de la Universidad de La Laguna fascina el lápiz de Eduardo González con el cómic de Mararía. Manos de cultura que acarician la creación erudita, maldita palabra vagabunda en el légamo de la desdicha. Luego, en el Auditorio, la Sinfónica inicia la temporada con el director Joseph Swensen y el violín de Frank Peter Zimmermann. La Quinta de Beethoven, la Sinfonía del Destino, orienta la solución al jeroglífico. Es la metafísica de las flores del amanecer, las que luce mi hija Esther en la platea de Calatrava.

Lo importante es taponar la hemorragia antes de que se desangre el cuerpo, salir al paso de las necedades que colapsan la sonrisa, la de verdad, la auténtica, la del dibujo animado que enternece y se quiere con ojos dulces porque es imposible mirar mal a la infancia. Lo importante se cuida, se salvaguarda del cinismo y del interés de Andrés. La existencia se merece en la ética y en la estética. No me vendas amnistía ni cuentos chinos por un plato de garbanzas.

Archivo