
Ilustración: María Luisa Hodgson
Si David Cánovas presentó hace poco más de un año un documental sobre Miguel Velázquez, el mejor boxeador canario de todos los tiempos, ahora es Ana Sánchez-Gijón quien retrata la vida de Juan Fernando Pérez (Kid Vereje), dos veces campeón de España de boxeo amateur (1989 y 1990) en pesos mosca y gallo. Las crónicas periodísticas de Antonio Salgado se cuentan hoy en la pantalla grande y en ella, una vez más, la gloria y el miedo a besar la lona encienden la pasión de un deporte que suda y sangra en el cuadrilátero y es metáfora de vida.
El metraje reciente del cine en estas Islas no podría escribirse sin la mirada de Ana Sánchez-Gijón y sin las de Juan Antonio Castaño (Mengue) y Alfonso Ruiz, quienes en 1994 soñaron grande. Por eso, en la primera película de Ana como directora no podían faltar sus dos socios del alma. Y de tantos rings.
Emocional largometraje de universos paralelos y sentido del humor. El que transmiten sus personajes cosidos en la calle y, en especial, el del protagonista, que se viste de niño, de joven y de viejo (el actual) para sanar heridas y reírse de ellas. Y compartirlas en Pedro Álvarez en torno a una mesa con vaso vino y con otros púgiles de alcurnia de patria chica: Tajinaste, Gómez o el propio Velázquez. Vereje no es feliz sin sus amigos de pelea.
Qué fácil parece cuando viene rodado. Y qué endiablado cuando el Antón Pirulero se canta en la Casa Cuna y de ahí, con trece años, a trabajar en bares y arrimarse a la leche con gofio de la Nana, «una mujer buena». Lógico con un padre de aquella manera y una madre a quien nunca abrazó porque no estaba.
Jornadas de golfería sana, dos meses y pico en la Cárcel de Benito Pérez Armas y una película en el Cine Fraga que cambia la vida: Yo hice a Roque III (Mariano Ozores, 1980). Diez pesetas.
La coña de Pajares y Esteso marcan la senda de Juan Fernando. Cautivado por los mamporros, se pega como una lapa al preparador Jesús Rodríguez en el Gimnasio del Pabellón Municipal de Deportes de la Capital tinerfeña. Directos y ganchos al saco de boxeo y el debut en septiembre de 1982: empate («Me partió la nariz y no me enteré»). Ja, ja, ja… Kid Vereje tiene guasa. Y en estas, Nina, su segunda «verdadera madre» después de Nana, entra en sus días de trompadas y un primer KO que deja fuera de combate al rival. ¡Qué bien sienta!
Del barrio de Santa Clara pasa a Roque Bermejo. Y el pichón emplumado corteja a Nieves («La mujer de mi vida») que viene de La Palma. Y hasta la fecha, feliz con ella a su manera, cuatro hijas y platos de cochino con arroz en su casa de Pedro Álvarez.
La pena suya fue no pasar a profesional, pero Dios y las vueltas disponen. Lo importante es que Kid Vereje tuvo el poder para cambiar su historia, pese a la orfandad y el horizonte mohíno. Nunca olvidará el consejo de Sor Aurora en la playa de Las Teresitas.
Sánchez-Gijón dibuja una trama sin moralinas de salón en un Tenerife real, social y tremendamente humano. Renglones que se enderezan, a veces, con solo oír, ver y callar. Y con el amor fecundo que protege la infancia lo mejor que sabe.
Hay oficio (mucho) en el filme. Sobresaliente la fotografía de Mengue, la posproducción de Alfonso Ruiz, la banda sonora de Christian Solís y los trabajos dramáticos de los papeles principales y los de la gente corriente. Difícil amalgama que la directora guionizó con maestría junto a Cynthia Alvarado.
En los crepúsculos de la Punta del Hidalgo y en incontables corazones santos e inocentes brillan historias como la de Kid Vereje.
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