
Ilustración: María Luisa Hodgson
El calvo barbudo de la derecha duerme como un lirón careto. Cayó redondo nada más sentarse en su asiento 29D junto a la ventanilla. Tiene pinta de que anoche no descansó o que está de resaca. De perfil, con bermudas vaqueras y camisa Lacoste ceñida, luce panzón e invita a la ternura. El vello esponjoso le cubre brazos y piernas. Parece un osito. Le daría un abrazo de amor fraterno, pero no es buena idea: me podría dar un mamporro o regodearse en la muestra de afecto. Y, la verdad, a cuarenta mil pies de altura el horno no está para bollos.
A la izquierda, una cuarentona sufre el mal de San Vito o es TDH. Si fuera estudiante la habrían medicado con anfetaminas. De vez en cuando ríe a carcajadas. Está como una chota. Además, debe tener la uretra defectuosa pues con frecuencia visita el excusado. Es una plaga. Pasillo va, pasillo viene, el pasaje no hace otra cosa que caminar hacia el culo del avión. Frente a la puerta del baño se amontonan, juguetones, aparatos excretores y urinarios con ganas de fiesta. Las aguas mayores y menores no cogen vacaciones. Ayudan a compensar lastre, cosa que agradece el piloto. Ja, ja, ja… Me meo, que diría Chona.
A pocos metros, un discípulo de Torrente pone la guinda. Una vez más la realidad supera a la ficción. El mensaje de su camiseta advierte del peligro: «I fart on planes». Su explícita y desagradable aerofagia nos tiene en vilo. Tampoco es plato de buen gusto el nota con flequillo y mirada estrábica. Inquieta la cara de psicópata, de derrumbe, de fuselaje retorcido. Lagarto, lagarto. Las turbulencias centrifugan la calma, aun con cinturón de seguridad. Polvo somos.
Tras varias horas de vuelo, una joven se incorpora y levanta los talones sucesivamente. Viste un look deportivo vintage a lo Jane Fonda o Eva Nasarre. Cualquier momento es ideal para desentumecer las piernas y gozar del rico mambo sin excesos, en su justa medida. No es cuestión de exprimir en el Airbus las glándulas sudoríparas. El movimiento cool es la cadencia del adagio, el sorbo lento de una copa de vino blanco en la ribera del Danubio o el apacible sueño californiano en un tardeo de verano.
Delante, una adolescente tatuada y con piercing en la aleta nasal transcurre pegada a la pantalla del teléfono móvil. Vive ajena al paso de las nubes entre algoritmos, distorsiones y fragilidades. Tanto que lagrimea tras la muerte de su rabbit. Que hable inglés, viaje en cholas y sea pet friendly es una anécdota, un postureo instagramable y tiktokero. Solitarios fuegos artificiales sin lumbre.
La tierna niña de atrás, también ojiplática ante el cebo digital, da pataditas una y otra vez al respaldo. A su lado, Papá (se supone) juega al Tetris ajeno a la malcriadez. Y Mamá (se supone) hace tiempo que suspendió los sentidos. A la criatura, por eso de las secuelas psicológicas, conviene no contrariarla.
Uno de los atractivos azafatos desfila por la pasarela con estilo y donaire. Su compañero, con moña y mechas, exhibe morenazo mientras vende perfumes y rascas rascas. La azafata, por su parte, peripuesta y gentil, recolecta en una bolsa plástica de supermercado desperdicios reciclables. Todo muy almodovariano. Mañana tendrán el día libre. Dormirán en Tenerife e irán a la playa. El menú, por cierto: bocadillos de jamón y queso, lasaña, espaguetis boloñesa y cruasanes de chocolate. Coca-Cola, Fanta, Sprite y agua (con y sin gas) completan la oferta orgiástica.
El supositorio alado mueve hacia los cuatro puntos cardinales los jugos gástricos de la especie consentida. Las fauces devoradoras exploran la redondez del Mundo poderoso, sensual, obstinado, feroz, benévolo. En un abrir y cerrar, a la vuelta de la esquina, los mismos esqueletos racionales jadearán y amarán con distinto collar. Welcome!
Leave comment
Form Note