Ilustración: María Luisa Hodgson

Perder un cacho diente tras someterse a una cura de aguas termales no es casual. El cuerpo, que es sabio, suelta todo lo que le estorba: aquella muela renqueante empastada en tiempos de Maricastaña se parte en dos. Menos mal que la odontología arreglará la rotura. La taza dorada del New York Café, el más bonito del Mundo, merece un aliento con elixires de clorofila, menta y rosas.

Ir al dentista ya no supone sentarse en un potro de castigo. Los dulces acordes de la blancura evitan el sufrimiento. Avances tecnológicos, alta cualificación y la dosis pertinente de anestesia convierten el otrora mal rato en un imperceptible pinchazo en la encía, seguido de ligero sopor y traqueteo indoloro en la cavidad bucal, algo mucho más soportable que, por ejemplo, agujerearse los pezones o tatuarse una boa constrictor en torno al cuello.

El paso por las termas también implica sudar la gota gorda en la sauna y en la neblina del baño turco. Eliminar toxinas en paños menores, en compañía de seres humanos con redondeces y texturas similares, pone las carnes en su sitio. No hay trampa ni cartón. No hay Instagram de pacotilla que tergiverse la realidad. Reconforta parecerse al resto, no ser un bicho raro con body perfect saliente del retoque digital, de una mutación hormonal o de un experimento de gimnasio o quirófano. Quita, quita. Llevar una actitud sencilla es el mejor tratamiento. Envejecer lo más joven posible es el objetivo. Las personas longevas, afirma el experto, viven en contacto con la naturaleza y priorizan caminar a utilizar un medio de transporte. Las piernas dan la vida, el aire. Nos liberan de la impaciencia, de hincar la rodilla en el asfalto de la rendición. Los gemelos y cuádriceps alientan la caligrafía en tiempos de chupasangres y recauchute de neumáticos.

El remojo es, además, ocasión propicia para evadirse de la contaminación de los días. En la pileta caliente no hay un mañana. Miradas perdidas en medio de vapores esculpen la juventud perpetua. Las cañerías se ablandan, las yemas de los dedos se arrugan. La rigidez de los códigos no caben en este caldo tranquilo ajeno a voceríos y herpes en la comisura de tantas palabras vacías. Solo sumergirse diligente en el frío extremo activará de nuevo el ánimo, desafiará a la gravedad. Reciedumbre gloriosa. Brillo en el rostro. La gestualidad natural reivindica la poesía frente a la vulgaridad de la máscara.

Bañarse en la ricura de minerales viene bien. Cierra heridas y acerca la consciencia de la muerte, siempre en proceso. Pero no te hundes en el fatal pensamiento. La solidaridad con la anatomía ajena relativiza el ombligo y aledaños. Peras, manzanas, relojes de arena, triángulos invertidos y rectángulos no incomodan la vista. Da igual lo que asome. Regresas a la primera infancia, a la óptica divina sin filtros. La eternidad, a la vuelta de la esquina, flota en el ambiente. Desdeñas el espejismo de la beach y del jacuzzi con copa de champán: efímeras burbujas quemadas por la enfermedad de la insatisfacción.

Cruzas las estaciones y en la cueva de sal entra la somnolencia. Micropartículas de cloruro de sodio bailan parsimoniosas en una atmósfera sedante de afro house. Cautivadora haloterapia. Las neuronas, libres de la rabia extramuros, desconectan en el bienestar de la placenta. Los empapados impulsos eléctricos y químicos cortocircuitan la biología. Reconforta la desconexión. Sonríes levemente en la quietud del jardín cristalino.

Antes de pisar la calle con sus semáforos y pasos de cebra, y el vestuario que oculta la desnudez de silencios y apoteosis, una báscula corriente dice la verdad. ¿Adónde ahora?

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