Ilustración: María Luisa Hodgson

Hay una isla en el Atlántico de 27 kilómetros cuadrados. Es la más pequeña de Canarias y la mayor del Archipiélago Chinijo, que también incluye a los islotes de Alegranza, Montaña Clara y los Roques del Este y del Oeste. En conjunto forman el Parque Natural Marítimo-Terrestre Archipiélago Chinijo.

Antes era un islote y la acción del ser humano apenas alteraba su ecosistema aunque contara con población residente. Ahora no. Ahora es una isla y la visitan alrededor de medio millón de personas al año, o sea, cerca de mil cuatrocientas al día. La Graciosa no sabe si reír o llorar.

En 2018 la Comisión General de las Comunidades Autónomas del Senado aprobaba por unanimidad una moción que reconocía a La Graciosa como la octava isla habitada de Canarias. También, el mismo año, el nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias distinguía oficialmente a La Graciosa con igual merecimiento. Vana valoración. Sin cabildo de por medio el antiguo islote es en verdad una isla pedanía al depender del municipio de Teguise en Lanzarote.

Pero el título no era suficiente. Había que incluirla, además, en el villancico Una sobre el mismo mar de Benito Cabrera, aprobar una proposición de ley para modificar la letra del himno oficial de Canarias y su escudo, y acompañar a los siete callaos sobre siete peanas de Pepe Abad en el Parlamento canario con una nueva escultura que representase a la Octava.

Ingenua Graciosa adulada por el fuego amigo. No escarmientan las hermanas mayores atolondradas. Qué necesidad. Qué cándida Astrid Pérez en su papel institucional al frente de la Cámara autonómica. No, Astrid. Hace siglos que La Graciosa tiene su lugar. El pueblo de estos peñascos no necesita que sus señorías aplaudan a La Graciosa. Menos ínfulas, presidenta. Flaco favor le están haciendo a La Graciosa con tanta tabarra. ¡Dejadla en paz! Y que paren de una puñetera vez los taxis todoterreno y las rutas en zódiac, las excursiones en yate, los bautismos de buceo, las pizzas cuatro quesos y tanto selfi obsceno. El territorio con mayor presión turística de España no tiene quien lo defienda. La cosa se está yendo de las manos.

Pero no hay mal que por bien. El escultor conejero Paco Curbelo mariscó un día un burgao en el entorno de la playa de Pedro Barba y lo encaramó en bronce sobre un basalto negro de Fuerteventura con restos petrificados de su origen volcánico y submarino. Esa pieza duerme hoy en el vestíbulo del Parlamento para sonrojo patrio a la espera de que un día de estos se rompa un emisario y haya que cerrar la pequeña playa de Caleta de Cebo por contaminación fecal.

El Burgao (así se llama la escultura de Curbelo) es un homenaje a este molusco gasterópodo. Es también un recuerdo lógico a La Graciosa que exploraba de joven, entre tabaibas y cardones, hasta lo más alto de Agujas Grandes y que divisaba desde el Risco de Famara o el Acantilado de Máguez. Imposible olvidar aquel viaje de recién casado con su Rufina del alma a la playa de Montaña Amarilla en el sur del entonces islote. Arena blanca, mar turquesa y un arroz costero todavía encienden el fuego lento de aquella hoguera bajo las estrellas. Y para beber, agua potable a cambio de batatas del Jable que llevaba en la mochila.

Mirar al Burgao del escultor de San Bartolomé es ponerle cara a Margarona, la que mandaba en La Graciosa, y a su venta de comestibles y de lo que hiciera falta. Es recuperar los botes de burgaos con vinagre que se vendían al otro lado del Río y las salemas, meros y viejas que traían los pescadores salados.

El islote de Paco Curbelo no volverá, ni falta que hace. Tampoco es eso. El Burgao es armonía y enseñanza en medio del furor.

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